Ilusión

La fuerza mental es mil veces más fuerte que la fuerza física.
La voluntad lo es todo.
Y la ilusión es, creo, el combustible esencial para alimentarla.

Ojalá tuviera ilusión.

Deja de alimentarlo

–Sinceramente, no sé dónde ni cómo acabará todo esto.
–¿A qué te refieres?
–A todo. A todo esto. A la vida, al dolor, al sinsentido. 
–Entiérralo
–Vuelve a brotar
–Deja de alimentarlo
–...

El único camino posible

Solo hay un camino posible: quererme y SER, cada día, mejor.

No hay otra opción.

Despertar

¿Qué hora serían? No estoy muy seguro, pero quizás estaríamos a eso de las cinco menos algo de la mañana.

Me desperté. De esas veces que te despiertas de repente, sin saber muy bien por qué, y ya no tienes más ganas de dormir. Sí, vale. Sí que tienes ganas de seguir en la cama –¿para qué voy a levantarme tan temprano?–, piensas, –aún no he dormido las horas que debería–, pero a la misma vez quieres levantarte y hacer algo de más provecho.

Creo que al finel dormité un poco más y, al poco rato, ocurrió lo mismo. Tenía el dorso de mi mano bajo mi sién y empezó a sentir algo con fuerza: los latidos de mi corazón. Estaba un poco acelerado. Latía con vehemencia. Jose: ¡arriba!

Y así lo hice, como tantas otras mañanas desde hacía ya unas cuantas semanas. ¿Esfuerzo? Ninguno ¿Desgana? Ninguna. Mi corazón –la fuerza de sus latidos– me instaba a no olvidarme de mis ilusiones. A seguir adelante, sin tregua, hacia mis objetivos. A seguir autobombardeándome de hábitos, personas, lecturas y acciones que me lleven inevitablemente hacia el éxito en mis proyectos.

No hubo «diablillo» en esta historia. No hubo hueco para esa vocecilla que siempre está ahí y que nos intenta convencer de quedarnos en la cama, de dejar las cosas para mañana, de no tomar acción. ¡Ni rastro de ella! Solo mi corazón. Pura fuerza. Pura ilusión. Puro foco en lo importante.

Me levanté y seguí trabajando, con ilusión, hacia mi autorrealización.

¿Y si sí?

¿Y si seguimos escribiendo algo...?

Un camino entre dos



Solía dudar si es mejor ir solo por la vida o en pareja. Si uno debe aspirar a lo más alto procurando avanzar en solitario o con la fiel compañía de la persona a la que quiere. Ha sido tanto tiempo cuestionando una pregunta a sabiendas retórica... Pero eso ya ha dejado de preocuparme. Ahora me siento bien conmigo mismo y mis pensamientos, conmigo y con mi compañera, queriendo compartir nuestros serpenteantes caminos desde aquí hasta quién sabe dónde. Y no me da miedo. Muy al contrario, sé que en sus brazos estaré seguro, y que su presencia hará que mis lágrimas desaparezcan más rápido. Aunque en otros tiempos era yo más reservado, ahora me siento seguro a su lado, y espero que algún día yo pueda merecer la misma confianza.

Nos queremos. Somos iguales y diferentes. Dialogamos afablemente para luego, quizás, discutir como niños. Somos hermanos. Jugamos y nos reímos alegres de cosas sin sentido. Somos los mejores amigos, y también amantes. Y cómo me ven sus ojos, no puedo estar seguro. Pero ella, para mí, no es nada menos que lo que en el fondo siempre quise: una fiel compañera de camino. La misma que una vez me encontró en el suyo y quiso recogerme porque vio algo que para mí, entonces, pasaba desapercibido. Me recogió en sus brazos, mostrándome un nuevo sendero con más luz y color. Y es gracias a ella, a su manera de ser y tratarme, por lo que ahora soy más feliz. Brilla en mí la esperanza de saber que lo que me resta de camino no lo haré solo, sino con mi fiel compañera del alma.

No es matemático

  Y llegó una vez más el momento de separarnos. De sentir que algo se desprende de nuestro interior, con un dolor sólo aliviado por la esperanza del retorno. Se va por un tiempo una parte de cada uno de nosotros, y sin embargo seguimos enteros. ¿Nos sentiremos perdidos, solos y desamparados en este periodo? ¿Cómo continuaremos nuestros caminos sin la compañía del otro? 

   Es natural, es Ley; es lo que la vida nos ofrece y a veces impone, quizás al principio por rachas, pero al final sin excepción ni miramientos. Y sin embargo, sintamos como lo sintamos, seguimos enteros. Y así es como debe ser. Porque está bien que dos personas puedan a veces sentirse una, pero no por ello la unidad tiene por qué perder su identidad. Uno debe seguir siendo siempre, y ante todo, un número entero.

Carta desde el fango


De todos los sentimientos nefastos, el fracaso debe de ocupar un lugar importante en el ránking. Produce un malestar desolador, capaz de hacerte arrodillar y engullir tu propio orgullo. Te paraliza y te destruye, quizás, para siempre.

Fracasar es abrir los ojos y darte cuenta de cuán ridículamente has malgastado tu tiempo en los últimos diez años. Es percatarte de que vivir con tus propios principios no te ha dado beneficio alguno, y que ir a contracorriente no ha sido más que un malgasto inútil de energía. Sólo los más fuertes pueden emprender tales hazañas, y yo probablemente ni soy fuerte ni tengo en verdad fuertes principios.

Siempre intenté vivir al margen de tendencias, modas y demás aspectos que considero superficiales. Y sin embargo ahora deseo más que nunca dinero, éxito y reconocimiento. Volvería al pasado y procuraría ser uno más, dejándome arrastrar por la corriente y beneficiándome con ello de todo lo que el sistema ofrece, adaptándome sin pensarlo demasiado a las circunstancias presentes. Probablemente no hubiera sido difícil, pero sea como fuere ahora ya es tarde para eso, y veo cómo he perdido para siempre la que podía haber sido mi mejor juventud. Para siempre.

Fracasar es haber rechazado otras maneras de vivir la vida para luego envidiarlas. Para que luego la aflicción, la envidia y la tristeza por no haber seguido tales derroteros te corroan por dentro, y para que entonces la desesperación se encargue de finalizar el trabajo. Cada vez siento más lástima y compasión por mí mismo, dueño de una vida insípida, vacía y fútil. Me avergüenzo de lo que soy y de lo bajo que he caído, pues ni supe ser fuerte ni supe andar mis propios caminos. Creo que nunca he visto la felicidad tan lejos, y ahora me pregunto desconsolado si acaso la hubiera podido encontrar en cosas materiales. No soy más que un materialista más disfrazado de hombre sencillo, un arribista frustrado; un hombre que durante toda su vida se ha mentido a sí mismo diciéndose que no se es más feliz siendo más poderoso. La vida misma, el karma, parece preocuparse en restregármelo con vehemencia.

Pocas cosas me interesan ya a estas alturas, y aún menos quiero saber acerca de lo que a otros les llama la atención. Me he desgastado, víctima de mí mismo y de mis circunstancias. Soy un ser totalmente inadaptado en un mundo que para otros es maravilloso. He tocado fondo y deslizo en el fango una y otra vez, rabioso, sin poder levantarme. Doy vueltas en mi círculo vicioso hasta la extenuación.

Éste es el resultado de años a la deriva: embadurnado de barro en un charco de estiércol, ahogado en mis propias penas. Me autodesterré sin motivo a las cloacas de la sociedad, y ahora francamente pienso que estaría un tanto mejor viviendo en un chalet de lujo. Solía encontrar en la melancolía mi inspiración para escribir, y ahora es tal mi aflicción que ni siquiera tengo interés en expresar poco más que estas palabras. Mis ideas están podridas y su hedor me impide respirar. Hace ya demasiado tiempo que empecé a quedarme sin oxígeno y mi fuego ya casi está extinto. Me apago.

He fracasado.

A contracorriente

En mi incomprensión me encuentro solo ante el mundo,
y ante mis circunstancias y pensamientos solo habré de luchar ,
intentando mantener el castillo de naipes que se cae
y yo, terco, vuelvo a construir.

No pasa nada si me equivoco,
no pasa nada si nadie me entiende;
no pasa nada si tampoco tengo muy claro el destino
o si a veces me parezca que me hundo.

En mi lucha interna y loca sigo y seguiré,
y no por incomprendido me dejaré abatir;
pues llegue a donde llegue
me diré con entereza que lo habré hecho por mí. 

Soy irreducible. Soy implacable. Soy fuerte.
Y si a veces lo sintiera menester,
nadaría cansado en un río de interrogantes
y exclamaciones, a contracorriente y sin sentido,
aún siendo incomprendido.

Razones para no marcharme

Porque
me ayudó en mis primeros pasos; 
me instaba a no cruzar la calle justo donde hacía curva: podía pillarme un coche;
a pesar de mis lágrimas y berrinches, me obligó a ir ese lugar donde yo y otros niños aprendíamos a contar. Luego no lloré más;
nunca tuve un castigo severo, ni siquiera cuando rompí aquel cuadro; 
Porque siempre consoló mi tristeza.
Porque una vez tuve los mejores patines y el mejor stick del parque.

Porque
me llevó a un estudio fotográfico y nos sacamos unas cuantas fotos, yo ataviado con un disfraz ridículo, pero encantador;
cuando había excursión, siempre me hacía un gran bocadillo de tortilla de papas. En mi pequeña mochila vaquera apenas cabía nada más, y no dejaba que la tortilla se enfriase;
me decía que debía estar en casa a las ocho, pero yo sabía que si me estaba divirtiendo y avisaba, siempre podría jugar un poco más.
Porque cuando aún era muy bajo y no alcanzaba el telefonillo, la llamaba desde el patio y me abría el portal.
Porque en mi comunión hube de lucir un traje color salmón que detestaba.

Porque 
tuve juguetes suficientes;
alguna vez dejó que me quedara en la cama y no ir al cole. Por un día no pasaba nada;
de todos mis amigos creo que fui el último que aprendió a bañarse solo, pero nadie lo supo nunca;
me obligó a ir durante un año al conservatorio de música. Por desgracia, más tarde me salí con la mía y no fui más. Ahora no sé tocar ningún instrumento y sin embargo me encantaría;
me regaló varios libros infantiles y rotuló en todos ellos mi nombre completo; eran mis libros y los podía leer cuando quisiera.

Porque ya podría convertirme en el tipo más repugnante del mundo: sé que igualmente nunca me abandonaría.
Y porque me dio la vida, y decidió dedicar la suya siempre en mi favor,
ahora no es momento de marcharme…