Aquella era su tercera copa. Había gastado su juventud en hacer todo lo posible para conseguir cada una de ellas; pero aún no estaba saciado. Le quedaban ganas, energías, juventud e ilusión. Seguiría entrenando para poder optar a alguna más. Y aunque los periódicos calificaran su victoria como ‘sufrida’, sólo él sabría decir cuánto. Pues más allá de la carrera estaban las horas y más horas de dedicación, de esfuerzo sobrehumano y de férrea autodisciplina. Horas en las que tocaba sufrir en silencio, de pensamientos trucados para olvidar la monotonía inevitable. Con piernas de hierro y voluntad de acero no se dedicaba precisamente a dar patadas a un balón con sobrevalorada destreza. Lo suyo, aunque menos célebre y mucho menos remunerado, era en verdad algo un tanto más duro: él era ciclista. Un deportista con mayúsculas. Y uno de los mejores.
Viaje insípido
«Opino que no por viajar más lejos te vas a traer mayores y mejores experiencias. Yo creo que podría viajar a otro pueblo del interior o a la isla de enfrente y sentirme más auténtico que viajando a las antípodas». Eso era algo que solía decir antes de este último viaje. Y ahora, tras el mismo, no puedo hacer otra cosa más que corroborar mis palabras.
Algunas personas, durante los días antes del viaje, me preguntaban si estaba nervioso. Yo les decía que no, que si bien era algo que solía ocurrirme inevitablemente en otras ocasiones, en aquélla no podía negar que no sentía sino una indiferencia inexplicable.
Nunca había llegado tan lejos. Era el viaje más largo que jamás había hecho. Íbamos a ir, nada más y nada menos, que a Tailandia (y, al final, a algún otro país alrededor). Y sin embargo, tras haber vuelto, no puedo más que decir que me encuentro aquí sentado queriendo escribir algo y sin tener nada que decir. Casi tan indiferente como en la partida, como si aquello hubiera sido un preludio de lo que el propio viaje me iba a hacer sentir.
Tampoco puedo menospreciar nada. Sería poco sensato decir que ver y vivir toda esa cultura y formas de vida tan diferentes no me han aportado nada. Aun sin molestarme demasiado en informarme sobre la misma (y eso es algo que me autorepruebo), el simple hecho de observar siempre resulta enriquecedor en un sitio tan lejano. La decepción, por tanto, no viene dada por ese motivo.
Pues más que escribir sobre estas tres semanas no me veo capaz sino de describir; de escupir palabras con cierta ilusión, sí, pero no con la emoción que desearía. Porque en el fondo más que un viajero me sentí siempre como un turista acomodado en simple viaje de placer. Y perdónenme si quizás hablo demasiado y sin mucha sustancia, pero yo creo que busco algo más que eso. Perdónenme también si tampoco les permito que me pregunten qué es exactamente lo que busco, porque admito que no sabría responderles.
Y que me perdonen igualmente mis compañeros de travesía, pero he de decir que, si bien los buenos amigos pueden hacer el viaje mucho más divertido y suponer un apoyo incondicional en ciertos momentos, definitivamente no hay nada como atreverse a viajar en solitario...
Algunas personas, durante los días antes del viaje, me preguntaban si estaba nervioso. Yo les decía que no, que si bien era algo que solía ocurrirme inevitablemente en otras ocasiones, en aquélla no podía negar que no sentía sino una indiferencia inexplicable.
Nunca había llegado tan lejos. Era el viaje más largo que jamás había hecho. Íbamos a ir, nada más y nada menos, que a Tailandia (y, al final, a algún otro país alrededor). Y sin embargo, tras haber vuelto, no puedo más que decir que me encuentro aquí sentado queriendo escribir algo y sin tener nada que decir. Casi tan indiferente como en la partida, como si aquello hubiera sido un preludio de lo que el propio viaje me iba a hacer sentir.
Tampoco puedo menospreciar nada. Sería poco sensato decir que ver y vivir toda esa cultura y formas de vida tan diferentes no me han aportado nada. Aun sin molestarme demasiado en informarme sobre la misma (y eso es algo que me autorepruebo), el simple hecho de observar siempre resulta enriquecedor en un sitio tan lejano. La decepción, por tanto, no viene dada por ese motivo.
Pues más que escribir sobre estas tres semanas no me veo capaz sino de describir; de escupir palabras con cierta ilusión, sí, pero no con la emoción que desearía. Porque en el fondo más que un viajero me sentí siempre como un turista acomodado en simple viaje de placer. Y perdónenme si quizás hablo demasiado y sin mucha sustancia, pero yo creo que busco algo más que eso. Perdónenme también si tampoco les permito que me pregunten qué es exactamente lo que busco, porque admito que no sabría responderles.
Y que me perdonen igualmente mis compañeros de travesía, pero he de decir que, si bien los buenos amigos pueden hacer el viaje mucho más divertido y suponer un apoyo incondicional en ciertos momentos, definitivamente no hay nada como atreverse a viajar en solitario...
Paralelismo invisible
Cierto día llegó a mi correo electrónico una notificación del facebook avisándome de que "había sido etiquetado en una nueva foto". Se trataba de una vieja estampa del pasado, una de esas fotografías de grupo que cada año nos hacíamos en el colegio. Aquella etiqueta resultó ser algo más que eso: resultó ser un auténtico viaje en el tiempo, logrando disparar en mi imaginación una ristra de las más dispares elucubraciones.
Habían pasado unos veinte años desde el flash de aquella fotografía. Para cada uno de los componentes de aquella clase habrían transcurrido miles de situaciones importantes, siendo aquel instante tan solo un pequeño punto en común para tantos caminos diferentes. Sin embargo pensé que, a pesar de lo jóvenes que éramos, ¿no podríamos considerar aquella época una de las más importantes? Al fin y al cabo fue entonces cuando comenzábamos a contruir lo que actualmente somos; aquella etapa constituiría la base de nuestras historias ulteriores.
En efecto, sabía que en mi caso particular aquella foto reflejaba la época de mis primeros recuerdos sólidos. Eran los comienzos más enternecedores del aprendizaje de ciertos conceptos complejos como la amistad, el compañerismo, la responsabilidad o la disciplina —aunque algunos, probablemente, se habrían quedado a medias en la compresión de los mismos—. Empezaba a saber el significado de compartir, a planificar, a distinguir algo mejor lo bueno de lo malo y a entender que algunos se tienen que empeñar siempre en ser superiores a los demás. Y todo ello desde la base que en aquellos momentos comenzaba a tomar forma.
Con tales pensamientos no pude evitar que la nostalgia se cerniera poco a poco sobre mí. Y de repente, como si de una película fantástica se tratara, empezaron a brotar a mi alrededor cientos de recuerdos que me transportaban veinte años atrás. Más allá del recuerdo físico, volvieron a mí multitud de sensaciones que juraría haber tenido por aquel entonces. Resultaban sumamente auténticas; tanto, que parecían venir directas del pasado, desde el rincón más infante de mi alma, para volver a florecer en mi pecho con tanta viveza como lo hicieron entonces.
Porque fue como un verdadero viaje al pasado. Lejos de ser solo imágenes incoloras, se trataba de rememoraciones llenas de vida que parecían desdeñar el poder del tiempo. Y es así como retornaron a mí las antiguas canciones, los juegos inocentes, multitud de antiguos compañeros, la inolvidable manera de ser de la profesora o la sensación de empezar a tener la necesidad de saber el 'por qué' de las cosas. Y, especialmente, pude experimentar una vez más —diría que casi de idéntica manera que en aquel tiempo— la extraña y entonces totalmente nueva sensación en la barriga que produce el mero hecho de estar con una chica en concreto. Ignoro si revivir aquella primera y arcaica sensación de enamoramiento fue real o tan solo fruto de mi imaginación, pero lo que sí puedo afirmar es que fue maravilloso.
La nostalgia se convierte a veces en algo muy malo: tiende a dejar uno barado en el pasado, pasmado en el presente, y pensando que siempre se podían haber hecho las cosas de una manera mejor. Así, mientras la vida real sigue avanzando sin esperarte, acabas por atormentarte preguntando al viento "qué habría pasado si...". Precisamente, mientras mantenía mi mente ausente del momento actual, me entretenía curioseando las fotos más recientes de los que también habían sido etiquetados, y que ya no eran tan niños.
Al final, tras ese rato de reflexión y nostalgia, comprendí que cada uno tomó el camino que inevitablemente debía haber tomado. Cada uno de los personajes de aquella foto seguiría trazando una línea recta diferente que se alejaría cada vez más del resto. Y sin embargo, como todas las rectas secantes, pensé que en verdad estarían marcadas de por vida por un mismo punto en común, representado por aquella estampa. El mismo punto que, en el fondo, nos haría conservar para siempre cierto pararelismo invisible en nuestras existencias; tan sutil que se vuelve imperceptible hasta para nosotros mismos.
Habían pasado unos veinte años desde el flash de aquella fotografía. Para cada uno de los componentes de aquella clase habrían transcurrido miles de situaciones importantes, siendo aquel instante tan solo un pequeño punto en común para tantos caminos diferentes. Sin embargo pensé que, a pesar de lo jóvenes que éramos, ¿no podríamos considerar aquella época una de las más importantes? Al fin y al cabo fue entonces cuando comenzábamos a contruir lo que actualmente somos; aquella etapa constituiría la base de nuestras historias ulteriores.
En efecto, sabía que en mi caso particular aquella foto reflejaba la época de mis primeros recuerdos sólidos. Eran los comienzos más enternecedores del aprendizaje de ciertos conceptos complejos como la amistad, el compañerismo, la responsabilidad o la disciplina —aunque algunos, probablemente, se habrían quedado a medias en la compresión de los mismos—. Empezaba a saber el significado de compartir, a planificar, a distinguir algo mejor lo bueno de lo malo y a entender que algunos se tienen que empeñar siempre en ser superiores a los demás. Y todo ello desde la base que en aquellos momentos comenzaba a tomar forma.
Con tales pensamientos no pude evitar que la nostalgia se cerniera poco a poco sobre mí. Y de repente, como si de una película fantástica se tratara, empezaron a brotar a mi alrededor cientos de recuerdos que me transportaban veinte años atrás. Más allá del recuerdo físico, volvieron a mí multitud de sensaciones que juraría haber tenido por aquel entonces. Resultaban sumamente auténticas; tanto, que parecían venir directas del pasado, desde el rincón más infante de mi alma, para volver a florecer en mi pecho con tanta viveza como lo hicieron entonces.
Porque fue como un verdadero viaje al pasado. Lejos de ser solo imágenes incoloras, se trataba de rememoraciones llenas de vida que parecían desdeñar el poder del tiempo. Y es así como retornaron a mí las antiguas canciones, los juegos inocentes, multitud de antiguos compañeros, la inolvidable manera de ser de la profesora o la sensación de empezar a tener la necesidad de saber el 'por qué' de las cosas. Y, especialmente, pude experimentar una vez más —diría que casi de idéntica manera que en aquel tiempo— la extraña y entonces totalmente nueva sensación en la barriga que produce el mero hecho de estar con una chica en concreto. Ignoro si revivir aquella primera y arcaica sensación de enamoramiento fue real o tan solo fruto de mi imaginación, pero lo que sí puedo afirmar es que fue maravilloso.
La nostalgia se convierte a veces en algo muy malo: tiende a dejar uno barado en el pasado, pasmado en el presente, y pensando que siempre se podían haber hecho las cosas de una manera mejor. Así, mientras la vida real sigue avanzando sin esperarte, acabas por atormentarte preguntando al viento "qué habría pasado si...". Precisamente, mientras mantenía mi mente ausente del momento actual, me entretenía curioseando las fotos más recientes de los que también habían sido etiquetados, y que ya no eran tan niños.
Al final, tras ese rato de reflexión y nostalgia, comprendí que cada uno tomó el camino que inevitablemente debía haber tomado. Cada uno de los personajes de aquella foto seguiría trazando una línea recta diferente que se alejaría cada vez más del resto. Y sin embargo, como todas las rectas secantes, pensé que en verdad estarían marcadas de por vida por un mismo punto en común, representado por aquella estampa. El mismo punto que, en el fondo, nos haría conservar para siempre cierto pararelismo invisible en nuestras existencias; tan sutil que se vuelve imperceptible hasta para nosotros mismos.
Vaticinio
Si fuera capaz de exprimir al máximo cada instante...
Si supiera cómo convertir la simple información en conocimiento...
Si pudiera extraer la esencia de cada uno de los momentos vividos...
Si lograra aprender la lección maestra que brinda cada situación...
Y si alcanzara, mediante la reflexión, la cota más alta posible del "por qué"...
Llegaría a mis entrañas el miedo a verme tan cerca del final. Y despertaría, alividado, abandonando al momento tremenda abstracción. Pues creería que probablemente aún sea muy pronto para alcanzar tales aspiraciones.
Si supiera cómo convertir la simple información en conocimiento...
Si pudiera extraer la esencia de cada uno de los momentos vividos...
Si lograra aprender la lección maestra que brinda cada situación...
Y si alcanzara, mediante la reflexión, la cota más alta posible del "por qué"...
Llegaría a mis entrañas el miedo a verme tan cerca del final. Y despertaría, alividado, abandonando al momento tremenda abstracción. Pues creería que probablemente aún sea muy pronto para alcanzar tales aspiraciones.
Deslízate
A Pedro le gustaba tener las cosas controladas. Muchos aspectos de su vida tenían un sentido, marcado por algún propósito que normalmente estaba bastante claro. Sin embargo, era consciente de que había ciertas ideas para las que marcar un objetivo concreto no solo resultaba verdaderamente imposible, sino también contraproducente. Intentar trazar un rumbo para algunas cuestiones un tanto etéreas resultaba, pues, una tarea inútil.
Y es que la vida le había enseñado que a veces es preciso dirigir sus fuerzas en la misma dirección del fluir natural de las cosas. Dejándose llevar por sus sentimientos más estrambóticos, pero siempre al ritmo marcado; sin forzar la situación. La idea era ir observando minuciosamente los pequeños detalles que el camino le mostraba para, primero, esclarecerlos, y luego intentar establecer poco a poco sus entonces cada vez más focalizadas intenciones.
Y así era como Pedro, sin llegar a tener el control absoluto, podía llegar a sentir mucha más libertad de la que habría conseguido tratando de tomar el control. Era así como Pedro, sin ir en busca de ese objetivo tan difuminado, decidía de tanto en tanto que a veces era mejor lanzarse. Y deslizarse. Y dejar, disfrutando paciente del paisaje, que fuera la propia meta la que se concretara ante sus ojos, en verdad, aún tan inmaduros.
Y es que la vida le había enseñado que a veces es preciso dirigir sus fuerzas en la misma dirección del fluir natural de las cosas. Dejándose llevar por sus sentimientos más estrambóticos, pero siempre al ritmo marcado; sin forzar la situación. La idea era ir observando minuciosamente los pequeños detalles que el camino le mostraba para, primero, esclarecerlos, y luego intentar establecer poco a poco sus entonces cada vez más focalizadas intenciones.
Y así era como Pedro, sin llegar a tener el control absoluto, podía llegar a sentir mucha más libertad de la que habría conseguido tratando de tomar el control. Era así como Pedro, sin ir en busca de ese objetivo tan difuminado, decidía de tanto en tanto que a veces era mejor lanzarse. Y deslizarse. Y dejar, disfrutando paciente del paisaje, que fuera la propia meta la que se concretara ante sus ojos, en verdad, aún tan inmaduros.
Chito
Él tiene otro tipo de preocupaciones. Él no posee coche, ni hipoteca y tampoco tiene que poner el despertador cada noche para no levantarse tarde. Probablemente no conozca ese concepto que denominamos stress, y diría incluso que muy pocos de sus sueños acabaron convirtiéndose en pesadillas.
Su mirada sólo denota inocencia. Y cuando observas con detenimiento sus ojos entiendes que es imposible que ese pequeño ser sepa lo que es jugar a dos bandas; nunca entendería lo que significa la falsedad tan común en nuestro mundo, si es que de alguna manera pudiéramos llegar a explicárselo. Él, de hecho, jamás se pondría a tu lado, en silenciosa compañía, si verdaderamente no tuviera ganas de hacerlo en ese momento.
Para él lo importante es otra cosa, pues su vida es más tranquila que todo eso. Cuando quiere comer, come, y cuando quiere jugar, juega. Y cuando juega pone todo su empeño en ello. Tanto, que puedes llegar a notar cómo pone todos sus sentidos en tal tarea, como si en ese momento no hubiera nada más relevante en lo que pensar. Sería fácil concluir que su comportamiento instintivo lo hace un ser relativamente simplista.
Y quizás sea gracias a esa sencillez en su personalidad por lo que, al mirarlo, presienta que su comportamiento amoroso no es disimulado, sino tan puro como falto de complejidad. Claro como el agua, transparente. Que cuando se cabrea y ladra como si le fuera la vida en ello al ver una situación violenta no actúa, porque en verdad le rompe el alma y le duele ver algo que considera malo. Es entonces cuando pienso que a veces el instinto innato supera a cualquier moral artificial que nosotros hayamos inventado. Una moral que, aunque benévola, siempre estará circunscrita y bañada por la gran complejidad de nuestro comportamiento racional y "evolucionado".
Con Guanchito eso no pasa, pues él, aunque sencillo, resulta ser moralmente impecable.
Miedo
La sensación es de miedo.
Es el motivo por el que las lágrimas bañan a veces mis ojos hasta casi llegar a derramarse. Pero en verdad lloro mucho más por dentro. Y esto, potencialmente peligroso, puede hacer que uno al final acabe estallando en mil pedazos.
La sensación es de miedo. Supongo que similar al que otros podrían llegar a sentir ante otro tipo de situaciones —probablemente mucho más trascendentales— que a mí, quizás, no llegaran a dejarme demasiadas huellas. Mi miedo es semejante y diferente a la vez. Banal a ojos de unos; pero vital dada mi circunstancia.
Mi miedo es a caer y no poder levantarme. A no superar el obstáculo que otros se empeñan en poner en mi camino. Porque hay lecciones que creía tener bien aprendidas pero siempre surgen situaciones que delatan mi debilidad, alcanzando de lleno a mi orgullo y dejando al desnudo mi delicado temperamento.
Se trata de no tener más fuerzas para seguir. A dejar, sin saber cómo evitarlo, que la opinión ajena influya sobremanera en mi proceder. A lamentarme tanto de mis defectos y errores pasados que llegue a olvidar las virtudes que me permiten seguir adelante. A olvidar, en definitiva, que no importa cuán fuerte puedas ser capaz de golpear, sino con cuánta fuerza puedas llegar a ser golpeado y seguir adelante.
Pero al menos me enorgullezco de verlo claro: mi miedo no es otro que el de sentir una vez más el fantasma del fracaso intentando envenenar mis venas. Sin embargo esta noche no me voy a lamentar más. Esta noche he decidido dejar descansar mi química...
Interpol - Rest my chemistry
Es el motivo por el que las lágrimas bañan a veces mis ojos hasta casi llegar a derramarse. Pero en verdad lloro mucho más por dentro. Y esto, potencialmente peligroso, puede hacer que uno al final acabe estallando en mil pedazos.
La sensación es de miedo. Supongo que similar al que otros podrían llegar a sentir ante otro tipo de situaciones —probablemente mucho más trascendentales— que a mí, quizás, no llegaran a dejarme demasiadas huellas. Mi miedo es semejante y diferente a la vez. Banal a ojos de unos; pero vital dada mi circunstancia.
Mi miedo es a caer y no poder levantarme. A no superar el obstáculo que otros se empeñan en poner en mi camino. Porque hay lecciones que creía tener bien aprendidas pero siempre surgen situaciones que delatan mi debilidad, alcanzando de lleno a mi orgullo y dejando al desnudo mi delicado temperamento.
Se trata de no tener más fuerzas para seguir. A dejar, sin saber cómo evitarlo, que la opinión ajena influya sobremanera en mi proceder. A lamentarme tanto de mis defectos y errores pasados que llegue a olvidar las virtudes que me permiten seguir adelante. A olvidar, en definitiva, que no importa cuán fuerte puedas ser capaz de golpear, sino con cuánta fuerza puedas llegar a ser golpeado y seguir adelante.
Pero al menos me enorgullezco de verlo claro: mi miedo no es otro que el de sentir una vez más el fantasma del fracaso intentando envenenar mis venas. Sin embargo esta noche no me voy a lamentar más. Esta noche he decidido dejar descansar mi química...
Interpol - Rest my chemistry
Punto final
Más tarde o más temprano la vida a veces se tuerce de tal manera que ya nada sigue como hasta el momento. Para bien o para mal, a unos se les presenta ese tipo de giros una o dos veces en la vida, mientras que a otros —quién sabe si por caprichos del destino o de ellos mismos—, esos puntos de inflexión llegan algo más a menudo. Pero nunca en exceso: si no, probablemente, no tendrían la trascendencia necesaria para calificarlos de tal manera. Otras veces, esos puntos resultan ser el final de la historia.
Ella lo sentía; lo sentía en su interior. Sentía que otro de esos puntos de inflexión llegaría en un tiempo no muy lejano, y le aterraba un poco no saber si supondría un cambio bueno o malo. A veces —no sabía por qué— le daba por pensar que no sólo sería para mal, sino que resultaría especialmente nefasto.
Fue por ello por lo que se desplazó hasta el otro extremo de la isla para visitar a un quiromántico que había logrado hacerse con cierta fama. Según éste, viviría aproximadamente hasta los ochenta, y la muerte le llegaría en forma de ataque al corazón. Tras preguntarle sobre la oscura idea que le atormentaba, el famoso lector de vidas ajenas prometió no ver nada al respecto. Se dispuso, pues, a regresar a casa, sin más información que la de una larga vida por delante. «¿Y a mí eso que me importa ahora mismo?» —se preguntaba a sí misma, frustrada, mientras arrancaba el vehículo.
Entonces sucedió el accidente. Un fanático de la velocidad intentó su enésimo adelantamiento pasando a su coche por la derecha, desde el carril izquierdo por el que venía acelerando. Ella ni lo vio venir. Tras mirar por el espejo retrovisor el entonces libre carril derecho, se dispuso a ocuparlo cuando el veloz BMW apareció de repente a doscientos por hora, provocando el roce previo a las incontables vueltas que pasaron por delante de sus ojos. Ahora veía el mundo al revés y enrojecido, en medio de un gran amasijo de hierros y cristales; todo había sucedido demasiado rápido, incluso las ambulancias no tardaron en entrar en escena. Y mientras oía cada vez más vagamente el sonido de las sirenas, se preguntaba si tal vez hubiera sido mejor no ir en busca de sus ideas más oscuras... y si el dichoso adivino habría acertado en su pronóstico.
Romántico
Cuando el romanticismo tiene muchas acepciones, y no todas son válidas o alcanzables para todos, sólo cabe esperar que aquellos enamorados de las fantasías encuentren al cabo las razones de su existencia o mueran, satisfechos, en sus irracionales intentos...
No me llames romántico, si con ello me tomas por alguien que ha encontrado el amor. Ya no soy aquél sentimental que añoraba lo que ahora se me antoja bien lejano. Ahora sólo pienso que tal adjetivo no me identifica; al fin y al cabo, tal como yo lo veo, no es un romántico quien ama y no es amado.Llámame virtuoso, vivaz y generoso. Pues sin serlo al completo, al menos considero ésta una búsqueda más palpable. Y sin saber si el soñar sigue siendo mi mejor o peor cualidad, ahí sí que acertarás si, en tu empeño, 'romántico' me sigues queriendo llamar.
Te dejo que me tomes por loco, o por un temerario desquiciado. Discúlpame si me salto el protocolo y tus reglas estereotipadas. Lamento si mi idea del sentimiento difiere de la tuya y la de los tuyos. Pero yo, soñador empedernido, aún siendo veterano salvador de circunstancias, no puedo luchar contra la naturaleza terca de mi ser.
Seguiré pues buscando en mis andanzas —de formas más o menos ortodoxas— drenajes efectivos que hagan fluir los sentimientos más profundos; haciendo volar mis fantasías más apasionadas y satisfaciendo, al cabo, mi innato romanticismo interior sediento de horizontes lejanos (y, lo admito, quizás igual de irrelevantes).
Y ya sólo me resta decir que en esta búsqueda de mi propia cordura —perdida, tal vez, en aquel sentimiento frustrado—, si bien un día estuve loco de amor, hoy, porque sueño y sé soñar, siento que no lo estoy...
...pero sí conservo —intacta— mi natural pasión.
Lección de peregrino [4]
Si la lluvia y el viento hubieran sido su único problema aquel día, posiblemente no habría acabado tan hastiada. Pero no fueron estos los únicos elementos adversos a los que tuvo que enfrentarse. Los caminos, especialmente largos, se mostraron más duros que nunca, y el barro formado por la intensa lluvia no facilitaba precisamente su andadura.
Le hubiera gustado tener a alguien a quien expresar las intensas emociones de rabia y frustración que sentía en esos momentos, pero por aquellos parajes tan exigentes no había visto pasar más que a su propia sombra; y sólo durante un rato, hasta que el sol fue ocultado por los nubarrones. No obstante, a veces se sorprendía a sí misma dando gritos al aire, maldiciendo el día que le había tocado vivir.
Sin embargo y a pesar de todo lo ocurrido se encontraba allí, resguardada en una pequeña cueva que le proporcionaba un merecido descanso, a un tiro de piedra del pueblo donde acababa su ruta; sana y salva, triunfadora. El tiempo, además, decidió en esos momentos hacer tregua. Y sí, sin duda fue el día más fatigoso al que hasta el momento tuvo que enfrentarse, pero, ¿acaso no fue también, ahora que casi había acabado, el más satisfactorio? Pues el logro fue suyo. Y los métodos usados también; no se abandonó en ningún momento ante la adversidad, llegando a su destino por méritos propios.
Consciente de la hazaña que había protagonizado, supo convertir entonces su hastío en orgullo propio, convencida de que, entre más raídas quedaran sus botas y mayor cantidad de sudor derramara en los días más duros, mejor disposición adquiriría para absorber todas las enseñanzas del camino. Pues al fin y al cabo –y según había oído alguna vez–, "la flor que crece en la adversidad es la más hermosa".
Le hubiera gustado tener a alguien a quien expresar las intensas emociones de rabia y frustración que sentía en esos momentos, pero por aquellos parajes tan exigentes no había visto pasar más que a su propia sombra; y sólo durante un rato, hasta que el sol fue ocultado por los nubarrones. No obstante, a veces se sorprendía a sí misma dando gritos al aire, maldiciendo el día que le había tocado vivir.
Sin embargo y a pesar de todo lo ocurrido se encontraba allí, resguardada en una pequeña cueva que le proporcionaba un merecido descanso, a un tiro de piedra del pueblo donde acababa su ruta; sana y salva, triunfadora. El tiempo, además, decidió en esos momentos hacer tregua. Y sí, sin duda fue el día más fatigoso al que hasta el momento tuvo que enfrentarse, pero, ¿acaso no fue también, ahora que casi había acabado, el más satisfactorio? Pues el logro fue suyo. Y los métodos usados también; no se abandonó en ningún momento ante la adversidad, llegando a su destino por méritos propios.
Consciente de la hazaña que había protagonizado, supo convertir entonces su hastío en orgullo propio, convencida de que, entre más raídas quedaran sus botas y mayor cantidad de sudor derramara en los días más duros, mejor disposición adquiriría para absorber todas las enseñanzas del camino. Pues al fin y al cabo –y según había oído alguna vez–, "la flor que crece en la adversidad es la más hermosa".
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