Un día en el gimnasio

   Lo había estado pensando hacía ya unos cuantos meses. Aunque la decisión ya estaba tomada, cuando me vi por primera vez delante de aquella puerta llena de anuncios de batidos y fotos de hombres musculados no pude evitar preguntarme si realmente había hecho lo correcto.

   Entré al gimnasio con cierto aire de encogimiento. A la derecha se encontraba el mostrador donde uno de los monitores se condenaba a permanecer para atender a los clientes. En aquella ocasión no era el mismo que me informó la vez anterior —éste parecía más centrado en el ordenador que en la propia clientela—, por lo que le mostré mi tarjeta de socio para que verificara mi identidad. Tras una mirada efímera e indiferente al carné, se limitó a asentir levemente para volverse otra vez hacia la máquina en la que, presumiblemente, se encontraba trabajando. Proseguí, pues, mi tímida andadura, adentrándome en el largo pasillo de máquinas, pesas y bancos de abdominales.

   Tras una rápida ojeada a la maquinaria que ofertaba el local, me subí en una de las bicicletas estáticas para comenzar a calentar. Justo delante yacía, sobre un banco de pesas, un tipo que se dedicaba a hacer ejercicios de pecho en barra. Tras cada serie se levantaba y se acercaba al espejo para observar al detalle sus progresos. Su ajustada camisa de tirantes le permitía lucir en el hombro derecho un tatuaje tribal que quizás no destacaría tanto en un brazo menos musculado. Por sus ropas y su peinado deduje que era un tipo al que le gustaba ir a la última. Y, entre una cosa y otra, llegué a la conclusión de que la motivación de aquel personaje para asistir diariamente al gimnasio no podía ser otra que la de la evidente superficialidad en la que había decidido basar su forma de vida.

   A mi lado pedaleaba con un ritmo nada despreciable un señor que rondaría los sesenta años. En este caso su indumentaria era bien diferente: unos viejos calcetines subidos por encima del tobillo, deportivas de marca desconocida y una modesta camisa de propaganda con un logo prácticamente borrado. Dada su fuerte concentración en la tarea, exteriorizada por una mirada fija casi psicópata y algún que otro resoplido, aún siendo mi primer día podía adivinar que la actitud de aquel señor era incluso más constante que la del mozo anterior. Me dio la sensación de que, si bien no parecía un tipo que de joven dedicara muchas horas a ejercitar su cuerpo, después de viejo había sabido coger el gusto por la actividad física. Quise suponer entonces que lo que buscaba aquel individuo en aquel lugar no era otra cosa que conservar su salud por muchos años más y, quién sabe, recuperar los años perdidos.

   Al fondo de la sala podía divisar un grupo de cuatro amigos que ocupaban por lo general dos máquinas para realizar sus ejercicios. Vestían unas mallas que me hicieron pensar que probablemente se tratara de atletas. Lucían unos cuerpos musculados pero menudos, fuertes pero también rápidos, llevando a cabo sus ejercicios cabalgando entre las risas de unos y la disciplina de otros. Aquellos tipos parecían estar realmente en forma. Aún sin saber exactamente qué es lo que me había movido a estar en aquel lugar, pude suponer que podrían representar un cierto parecido con el objetivo que me hubiera gustado alcanzar. Ahora bien, comparar sus esbeltas figuras con mis amplias curvas de la felicidad acabaron por robarme gran parte de la poca motivación con la que instantes antes me había presentado.

   Así permanecí, montado en mi bicicleta estática, observando la gran variedad de personajes que pululaba a mi alrededor e intentando adivinar las razones que podían llegar a motivar a cada uno de ellos; no se me ocurría ninguna otra forma de combatir el aburrimiento que aquel ejercicio comenzaba a inspirarme. Para entonces había calculado que llevaría pedaleando aproximadamente una media hora, justo el tiempo que el monitor me había recomendado para bajar los kilos que me sobraban. Poco me duró la alegría. Bajé la mirada y observé atónito cómo el display de la máquina aseguraba, por contra, que tan sólo habían pasado diez escasos minutos. Pero ya no había ningún criterio ajeno que valiera. Por mucho que dijera la dichosa máquina o la propia tabla que me confeccionaron, me convencí a mí mismo de que, en cualquiera de los casos, para ser el primer día de gimnasio había tenido más que suficiente. Y salí con mi menuda y modesta figura tan encogido como había entrado a través de aquella misma puerta, plagada de anuncios de batidos y hombres musculados, por la que apenas veinte minutos antes había entrado.

Bling (Confessions of a king)



  Aunque no suelo colgar este tipo de cosas, expongo a continuación la que yo considero mejor canción del mundo :)


Bling (confessions of a king) The Killers Bling (confesiones de un rey)

When I offer you survival,    Cuando te ofrezo la supervivencia
You say it's hard enough to live, me dices que ya es lo suficientemente duro vivir
It's not so bad, it's not so bad    No es tan malo, no es tan malo
How do you know that you're right? ¿Cómo sabes que tienes razón?

I awoke on the roadside,   Desperté en el borde de la carretera
In the land of the free ride,   En la tierra del oportunismo
And I can't pull it any longer,  Y ya no puedo arrastrarlo más allá
The sun is beating down my neck  El sol cae de lleno sobre mi cuello

So I ran with the devil Así que corrí con el diablo
Left a trail of excuses,  Dejando un rastro de excusas
Like a stone on the water, Cual piedra en el agua,
The elements decide my fate,  Los elementos deciden mi destino
Watch it go..."bling". Mira cómo va... "bling"

When I offer you survival  Cuando te ofrezco la supervivencia
You say it's hard enough to live, me dices que ya es lo suficientemente duro vivir
Don't tell me that it's over,  No me digas que todo está acabado
Stand up       ¡Levántate!
Poor and tired,   Pobre y cansado
But more than this   Pero más que eso

How do you know that you're right? ¿Cómo sabes que tienes razón?
If you're not nervous anymore, Si ya nunca te pones nervioso
It's not so bad, it's not so bad  No es tan malo, no es tan malo

I feel my vision slipping in and out of focus, Siento mi visión enfocando y desenfocando
But I'm pushing on for that horizon,   Pero yo sigo adelante hacia ese horizonte
I'm pushing on,   Yo persevero
Now I've got the blowing wind against my face Ahora tengo el viento soplando contra mi cara
So you sling rocks at the rip tide,  Así que lanzas piedras contra la mar encrespada
Am I wrong or am I right?  ¿Me equivoco?
I hit the bottom with a "huh!"  Yo golpeo el fondo con un "¡huh!"
Quite strange?,   ¿Te parece extraño?
I get my glory in the desert rain, Yo obtengo mi gloria en la tormenta del desierto
Watch it go..."bling".  Mira cómo va.... "bling"

When I offer you survival,  Cuando te ofrezco la supervivencia
You say it's hard enough to live Dices que es lo suficientemente duro vivir
And I'll tell you when it's over, ¡Y yo te diré cuando llegue el final!
Shut up   ¡Cállate!
poor and tired,   Pobre y  cansado,
But more than this  Pero más que eso

How do you know that you're right?  ¿Cómo sabes que tienes razón?
If you're not nervous anymore,  Si ya nunca te pones nervioso
It's not so bad, it's not so bad.., No estás tan mal, no estás tan mal

Higher and higher,    Más y más alto
We're gonna take it,  Lo conseguiremos
Down to the wire,  Hasta el último momento
We're gonna make it,   Vamos a hacerlo
Out of the fire,  Fuera del fuego
Higher and higher. [x2]  Más y más alto [x2]

Higher and higher,   Más y más alto
We're gonna take it, Lo conseguiremos
Down to the wire,    Hasta el final dándolo todo
We're gonna make it out,  Lograremos solventarlo
Whoa-oh-oh Higher and higher...  Whoa-oh-oh; Más y más alto...

It ain't hard to hold,      No es difícil de sujetar
When it shines like gold,  Cuando brille como el oro
You'll remember me.   Me recordarás

Inadaptado

  De entre todo lo desagradable y triste, una de las cosas que más le apenaba era el tener la sensación de que no vivía en el tiempo ni en el lugar adecuados. Se preguntaba entonces cuál debería ser el rumbo correcto para su azarosa existencia. Y aunque de momento sabía que no podía hacer otra cosa más que esperar, era consciente de que, como un animal cualquiera caído en hábitat extraño, el propio entorno acabaría con él tarde o temprano.

Mutis


  El escenario era idóneo. Sentados en una roca, frente al mar y bajo un cielo despejado que prometía un bonito atardecer, los dos amigos permanecieron horas compartiendo las vivencias acaecidas durante los dos meses anteriores. Dos meses en los que apenas habían tenido tiempo ni siquiera para conversar un rato decente. Mientras hablaban y discutían afablemente sobre los más diversos temas, la noche se cernió sobre ellos sin apenas darse cuenta. Tal era el disfrute del que ambos gozaban con su mutua compañía.
  Entonces vino también el silencio. El mismo mutismo prolongado que solía surgir espontáneo en tantas otras ocasiones. Y, con él, se fraguó una vez más el mejor momento de su amigable encuentro: aquél que, sin palabras, les hacía sentir más unidos que nunca.

Hechos, más que palabras

  Manuel y Sancho solían disponer de media hora para abandonar su puesto de trabajo e ir a cenar algo a alguna cafetería de la zona. Como no se podían ir los dos a la vez, se veían obligados a turnarse para disfrutar a solas de su bocadillo y su café. Ambos eran vigilantes de seguridad de un céntrico museo de la ciudad, y en sus largas y aburridas jornadas nocturnas de doce horas surgían temas de conversación de muy diversa índole:

—¿Que te diga lo que es para mí la amistad? —respondía Sancho a la pregunta de su compañero—    Esta vez me lo has puesto difícil, ¿eh? La verdad es que no sabría responderte, a pesar de que creo saber lo que es... —tras quedarse unos segundos en actitud pensativa, miró el reloj espontáneamente, como si se hubiera acordado de algo— Meditaré sobre ello mientras me tomo un café, que ya se han pasado cinco minutos de mi descanso. ¡Hasta ahora!

  Al poco tiempo llegaron al puesto dos desconocidos.
—Buenas noches —saludó uno de ellos—, somos amigos de Sancho, y veníamos a ver si estaba por aquí para hacerle un poco de compañía. ¿No le tocaba trabajar hoy?

—Sí, está allí, en la cafetería de enfrente —respondió Manuel, precisando con su dedo índice el lugar indicado—. Es que a esta hora le toca su descanso, hasta las diez.

  El mismo individuo asintió:
—Sí, algo nos había comentado. Pues entonces creo que iremos a molestarle un rato a la cafetería —bromeó, mientras él y su compañero se disponían a cruzar la carretera—. Buenas noches.

  Manuel permaneció en su puesto observando abstraído a los dos individuos alejarse, en busca de su amigo: «Situaciones así deben de ser lo que al final definan la amistad —reflexionó—, aunque no se encuentren palabras para describirla».

Carta a S.M.P.


  Lo primero que me siento obligado a hacer antes de escribir nada es pedirte disculpas. Pedirte que me perdones por no haber redactado esta carta antes, hace ya casi dos años, cuando dejé pasar los días en vano sin revelarte lo importante que fuiste para mí.

   Por alguna razón que no alcanzo a comprender, adoro cuando, de manera espontánea, mi cerebro decide guardar el recuerdo exacto de ese primer encuentro que acontece cuando te topas con alguien que, sin saberlo, te va a acompañar durante un pequeño tramo de tu vida. Verdaderamente hay muy pocas personas en mi vida de las que pueda decir que conservo esa primera imagen intacta en mi mente. Y tú, aún desconociendo qué fenómeno es el que hace que eso suceda, eres una de ellas.
  Soy capaz de verte allí, en nuestro primer día en el barracón, valorando qué taquilla estaba en mejores condiciones para mantener tus pertenencias a salvo de tanto desconocido. Me llamó la atención tu rostro sereno y deseé estar tan seguro de mí mismo como lo estabas tú en aquel nuevo y hostil lugar. Sospeché que debías tener más o menos mi edad —pensé que probablemente serías algo mayor que yo— y eso me hizo sentir un poco más seguro. Intercambiamos un par de palabras cordiales —saludo, procedencia, destino elegido y poco más—, tras lo cual pude darme cuenta de que posiblemente no serías ningún malaje de los muchos que pululaban por el resto de las camaretas. No obstante, si bien yo también pude caerte bien en aquel primer encuentro, podría adivinar que durante aquella noche cambiaste de opinión al sufrir las consecuencias de dormir en la misma litera que alguien que se mueve tanto como yo.

   Pasaron unos primeros días de stress y nuevos conocimientos sobre el oficio al que ambos habíamos decidido dedicar nuestras vidas. Tras las duras jornadas de instrucción solíamos reunirnos en el patio para contarnos las aventuras y desventuras acaecidas durante el día, bromeando a veces sobre lo adelantados que íbamos en nuestras respectivas secciones. Pero hablábamos, sobre todo, de nuestro pasado, de las razones por las que habíamos decidido llegar hasta allí y de las ilusiones puestas en un futuro que entonces resultaba ser demasiado perfecto. Y es que, aunque repitiéramos mil veces el mismo tema de conversación, eran tantas las esperanzas que habíamos depositado en nuestra arriesgada decisión que jamás llegamos a cansarnos de hablar siempre lo mismo. No sé si lo que nos llegó a unir más fue nuestra mutua idea de elegir como destino aquél lejano lugar del Pirineo o la afinidad que parecía haber entre nosotros, pero lo cierto era que nuestro vínculo comenzaba a ser, a las pocas semanas, bastante fuerte.

   Siempre fuiste mucho más duro que yo. Para una frágil personalidad como la mía, una situación como la que allí vivíamos un día tras otro menguaba cada vez más el intenso fuego con el que había llegado. Y tú supiste siempre animarme, apoyarme y consolar mis emociones. Ya fuera sentados en algún banco del patio de armas —bajo la preciosa puesta de sol extremeña—, escapando al campo y a los pueblos en inolvidable fin de semana o incluso invitándome a tu casa haciéndome sentir como en la mía propia —mi hogar quedaba demasiado lejos como para ir sólo dos días—, siempre agradeceré tus sabias palabras y la mera observación de tu comportamiento ejemplar. Pues para mí tu entereza y ademanes fueron siempre unas virtudes que admiré con fervor; a pesar de no ser mucho mayor que yo, sí que tenías muchas más experiencias que nunca te negaste a ilustrar con la mejor de las intenciones.

   Me enseñaste, como digo, entereza y saber estar. Aspectos que no sólo me ayudaron en el oficio, sino también fuera de él. Aprendí a disfrutar realmente de mi tiempo de ocio, a darle importancia al vínculo familiar, a que siempre es bueno tener cierto estilo que te caracterice e incluso a tratar de mejorar mi deficiente habilidad para el flirteo. Muchos podrían pensar que ésta no es más que una gran ristra de banalidades, pero sin embargo puedo decir que para mí fueron importantes en aquel momento. Se me ocurre que si tuviera que resumirlo todo la base residiría en que aprendí, en definitiva, a ser más detallista; que los detalles, por muy ínfimos que fueran, podían llegar a ser muy importantes en la vida. Y cierto es que aún estoy en fase de aprendizaje pues, como sabes, me empeño muchas veces en ser demasiado sencillo para ciertas cosas.

   Más tarde llegaría la segunda y más larga fase de nuestra experiencia. Dejamos el calor sofocante de las llanuras extremeñas para adentrarnos de lleno en la otra cara de la moneda: la nieve, las montañas y —yo lo acusé más que tú— el frío. Recuerdo que solía comentar en la mitad de las maniobras que si verdaderamente hubiera sabido con anterioridad lo que significaba esta palabra, jamás se me hubiera ocurrido alistarme en una unidad como aquélla. Pero con el tiempo creo que ambos nos hicimos fuertes y dejamos de tenerle tanto miedo (¡Qué remedio! Aún nos quedaba más de año y medio por delante...).  
  Sabes que para mí el comienzo de esta segunda etapa fue un verdadero martirio. Un fatal revés a lo que mis ilusiones esperaban de aquel lugar; era, en definitiva, un error más en mi ya un tanto alocada vida. Quisimos, de hecho, irnos de allí, tal como la mayoría de los 'pollos' que llegaban nuevos. Y al comprobar lo difícil que era viste cómo la frustración hizo que mis ojos derramaran más de una lágrima de tristeza y desolación; pero tú seguías estando a mi lado para consolarme. Era como si me estuvieras preparando para lo que pocos meses más tarde sucedería: el momento en que nos separaron de compañía. Muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mí de no haber tenido la fuerza que tú supiste inspirarme, pues estoy seguro de que fue un factor clave en mi posterior y exitosa adaptación a la nueva situación que me esperaba.

   Todo esto y mucho más es lo que te debo, mi querido amigo. Y estas palabras no quieren ser más que una humilde muestra de agradecimiento que también te sirvan, en los momentos en los que te encuentres abatido, para recordarte lo mucho que vales y puedes llegar a hacer valer a la gente que te rodea. Porque a pesar de los defectos que puedas tener —y de los que también pude aprender e incluso discutir contigo— las bondades que te caracterizan podrían fácilmente eclipsarlos por completo. Al menos es así es como yo creo que vale la pena recordarte. Porque sabes, tú que me conoces, que si todo esto que te he contado no fuera algo en verdad valioso para mí probablemente ya me habría olvidado de ello a estas alturas.

La habilidad aprendida

  En el complejísimo entramado de conexiones que durante toda su vida se había ido fraguando, cada vez parecía costar más establecer nuevos enlaces. Poseía un cerebro activo, dispuesto a enmarañarse aún más con tal de seguir introduciendo nuevos datos que le hicieran más sofisticado. Si bien no era el de antaño, la perseverancia y el optimismo podían todavía hacer que en los caminos neuronales de siempre se generaran nuevas ramificaciones. Así que, poco a poco, los pequeños impulsos eléctricos fueron insistiendo una y otra vez, ilusionados, intentando cambiar una vez más lo establecido tanto arriba, en el cerebro, como en el camino hacia y desde los músculos. Se repetían una y otra vez, un intento tras otro, informando al detalle sobre los errores cometidos. Se trataba de un trabajo fino, preciso, cuyo método de aprendizaje no podía ser otro que el ensayar, errar y corregir. Y así, mil veces.

   De repente, cierto día, sucedió lo inesperado. María, a sus 48 años de edad, aprendiz de tenista a destiempo, pero con suma ilusión y ganas, logró plasmar en su circuito neuronal todas las horas que había dedicado al entrenamiento de su saque. Cerrando los ojos en su enésimo intento, respiró profundamente, concentrada en la acción, para luego lanzar la bola al aire con serenidad. La sintió ascender con sorprendente lentitud —como si hubiera logrado que el tiempo se ralentizara por momentos— y, al adivinar el punto exacto para golpearla con precisión, hizo lo propio para encajar el hasta aquel momento mejor saque de su vida.

Éxtasis

  La oscuridad se había presentado hacía ya unas cuantas horas. Aquella noche de martes presentaba una temperatura agradable, salvo por alguna ligera brisa fresca que, caprichosa, le viniera en gana pasear por las entonces solitarias calles de la ciudad. Él, en aquella callejuela perdida del centro, ataviado con sus ya un tanto curtidas zapatillas, su viejo pantalón corto y una holgada camiseta de tirantes, se disponía a comenzar una vez más, tras demasiado tiempo sin probarlo, el único y auténtico ritual que le hacía sentir realmente vivo.

  Había pasado mucho tiempo desde su última dosis. Las circunstancias no habían sido buenas en los últimos meses, pero tanto tiempo sin volver a volar le estaba creando un mono que debía apagar de alguna manera. Recordaba aquéllos, sus mejores tiempos, en los que podía ser capaz de sentir a menudo esa energía fluyendo con vehemencia por sus venas. Y se convencía a sí mismo de que efectivamente eran tiempos mejores. 

  Pensaba que nadie le comprendía. De hecho, tras varios intentos frustrantes de describir las emociones que en su interior se generaban, había llegado a la conclusión de que aquéllas llegaban tan profundo que realmente no había manera efectiva de expresarlas. O quizás -pensaba en ocasiones para sus adentros- no tenía el arte suficiente para materializarlas en palabras. En cualquier caso estaba convencido de que le pertenecían de una manera casi íntima. Era, por tanto, una situación en verdad especial. De esas que uno nunca quiere que se acaben, si bien su efímera duración pudiera ser el secreto de su embaucador encanto. 

  Sonreía para sí mismo al pensar en ello. Era un auténtico placer. Uno de los tantos que la vida puede llegar a plantear. Pero para él era sin duda uno de los más significativos. Aquella droga lo hacía volar como ninguna otra; le hacía sentir tremendamente fuerte, como un héroe de las películas, inmune a cualquier cosa que, desde el exterior, pudiera entorpecer su éxtasis. Era la total evasión de un mundo en ocasiones hostil, proporcionándole tal dominio de la concentración que llegaba a ser capaz de enfocar el pensamiento de la manera más pura que conocía: la vivencia más profunda y real del "estar, aquí, ahora". Era, en definitiva, la auténtica fusión con el momento vivido. Y aunque el instante culmen fuera cuestión de tan solo unos segundos, la sensación de libertad que todo aquello le generaba era para él sumamente valiosa. Entendió entonces que sólo aquel que la haya experimentado sería capaz de comprenderle.

  Lo mejor de todo era que estaba convencido de que la droga era totalmente pura. Aunque le pudieran llamar ingenuo, sabía que no se trataba de ninguna mezcla extraña y mortal, pues conocía de buena tinta -si bien no de manera exacta- de dónde provenía. De hecho, había leído alguna vez sobre ello: se podía encontrar en algún lugar entre la ansiedad y el aburrimiento, donde el reto y su propia destreza se enfrentaran en una exquisita lucha en la que, al final, acabaran fusionándose para crear la plácida sensación de fluidez interior. Así que, desde aquella vieja y perdida callejuela, bajo las luces de un bonito cielo estrellado, se dispuso a volver a alcanzar el éxtasis por medio de su propia droga endógena. Comenzó entonces su solitario y ligero trote , al son de la fría y nocturna brisa, en busca de unos cuantos segundos de total evasión; allá en la cota más alta posible del canal de flujo. Y es que, para un afanoso atleta como él, ninguna otra cosa le hacía volar tan alto.

Femenil (2)

  Coqueta y delicada, criticada por muchos por lo ostentoso de sus trajes, caminaba siempre por las calles del barrio con idéntico rostro altivo. Fiel a un horario fijo, raro era el día en que se retrasara algún minuto en sus rutinarias tareas matutinas. Le encantaba vestir con un glamour que nunca pasaba desapercibido: desde el look más informal hasta la última tendencia en moda, más retro si hacía falta o con un estilo deportivo si la situación lo requería. Y si bien no siempre estaba en concordancia con la moda predominante a su alrededor, ella se sentía libre y feliz con sus lindos atavíos. Al fin y al cabo, consideraba que siempre iba a la última —o, si esto no era del todo cierto, se convencía a sí misma de que así era—. Y pensar de esa manera le gustaba.

  Tenía una fina belleza natural que muchas otras mujeres envidiaban. Podían ser capaces de criticar su delicado rostro o su ondulado y largo cabello, color azabache, sin ningún motivo digno de mención. Se dirían entre ellas que sus piernas se deterioraban con el tiempo, o que su femenina cintura dejaría de serlo tanto en un par de años, pero ella, que un día decidió ser fiel a su propio estilo, no devolvía nunca miradas dañinas. Y de ahí, sin quererlo, solía surgir espontánea la soberbia en sus andares.

  La puntualidad era pues otra de sus virtudes. Eso lo sabía muy bien el modesto operario que, también madrugador forzado, la veía siempre pasar justo cuando a él le tocaba despachar su segunda calle. Podía observarla cada día, a cual de ellos mejor ataviada, atravesando la manzana para esperar una guagua que a esa hora jamás se retrasaba. Era el mejor momento del día. Era, de hecho, el motivo que le hacía saltar de la cama en los despertares más perezosos. Y sin embargo aquél pequeño instante de luz no duraba nunca más de cinco minutos, más allá de los cuales todo retornaba nuevamente a la oscuridad de tan tempranas horas. Entonces solo le quedaba la incertidumbre de saber si volvería a gozar de su fugaz paso hasta el día siguiente o, como ocurría en alguna que otra ocasión, llegaría a contemplarla nuevamente al final de la mañana, cuando rehiciera el camino a casa al volver de sus quehaceres.

  Ella, criticada en ocasiones por su mentalidad simplista, también había sido recompensada con el don de la inteligencia. Sabía de sus críticas, intuía los pensamientos malévolos y se percataba, asimismo, de las miradas ajenas. Era parte del juego. Un juego que no era suyo pero en el que se había visto obligada a participar; y acabó haciéndolo, a pesar todo, con sumo placer. Sabía por tanto que aquel operario la miraba creyendo ingenuamente que ella no se percataba. Más allá de lo aquel hombre alcanzaba a advertir, ella siempre se adelantaba a lo que a su alrededor acontecía. Y para este caso concreto, además, le bastaba con el simple hecho de ser mujer.

  Pero sucedió que poco tiempo después aquella mirada había dejado de existir. Y con esa pérdida también se había esfumado parte de su ego. Ya no vería más al joven muchacho que cada mañana levantaba la vista tímido y disimulado para observarla; se había ido aquél al que, traicionada por su propia altivez, jamás devolvió la más mínima sonrisa. En su particular juego cada día ganaba y perdía decenas de miradas. No tenía mayor importancia ni preocupación, pues sabía que, al fin y al cabo, era un juego amañado en el que ella siempre saldría vencedora. Pero aquella ocasión era bien particular. Era diferente porque con el tiempo había sido capaz de aprender a distinguir unas miradas de otras. Y aquella que recibía al alba cada mañana no era en exceso concupiscente, ni tampoco recelosa, mucho menos aún obscena; sentía que lograba ver, de hecho, más allá que cualquier otra. Había perdido una mirada amiga, quizás su más honesto admirador.

  Sin embargo no tenía tiempo para lamentarse. Su juego era exigente, delicado, casi quebradizo. Siguió entonces fiel a sus horarios y rutina, exhibiendo sin quererlo su distinguida belleza, siempre con sutiles aderezos de deliberado coqueteo. Y soportando mil miradas banales, soberbia forzada en su caminar, añoró en adelante aquélla que había visto en ella, sin conocerla, el anhelo más profundo que en su interior se escondía, enmascarado por sus propias pulseras y collares.

Femenil (1)


Reina y esclava eres,
reina
de mil corazones;
esclava
de tu propia belleza.