Érase una vez un hombre etiquetado. Poca cosa se sabía de él, pues su extraña etiqueta inspiraba cierta desconfianza. Un buen día vino y, al tiempo, se fue. Y nadie supo nunca leer más allá de lo que aquel trozo de papel ponía.
Lo malo de viajar
Es lo malo de viajar… cuando te toca irte y despedirte quizás para siempre de quien ha sido tu compañero.
Es lo malo de viajar… que cuando en ocasiones tenías ganas de volver nunca imaginaste que perderías todos esos nuevos vínculos que en el fondo tanto apreciabas.
Es lo malo de viajar… cuando te das cuenta de que simplemente la vida es así y el viaje es una maqueta a escala de lo que ésta nos depara a todos en realidad.
Carta a mis compañeros
Tiempos de desdichas y alegrías (breve epílogo de dos años en el ejército).
Hace dos años tomé la decisión de arriesgar un poco el derrotero de mi vida para meterme en el ejército. Eran para mí otros tiempos y otras vivencias; yo, en aquel entonces, era otro. El lugar donde me metí no era fácil: no todo el mundo estaba dispuesto a soportar las miserias a las que éramos sometidos. En aquel entonces, en los dos primeros meses, podía tomar la decisión de irme. Y aunque en algunas ocasiones se me pasó por la cabeza, en el fondo sabía que la suerte ya estaba echada desde el momento en que decidí dar el paso, que tenía que llegar hasta el final. Esos dos primeros meses, más uno añadido, haciendo la instrucción en Cáceres se me antojan ahora un poco lejos a pesar de no haber pasado tanto tiempo. Pero si eso es así es, seguramente, porque en todo este tiempo han ocurrido muchas cosas.
La siguiente fase prometía ser más alentadora, pues se suponía que ya había pasado la época más puñetera, pero resultó que era en ese entonces cuando comenzaba la verdadera agonía. Y era en verdad la razón por la que yo había decidido irme: estar allí, en Jaca, en la Brigada de Cazadores de Montaña. Pero en el cuartel La Victoria las cosas no solían ser felices para los nuevos, los pollos. Había que ganarse la boina, ganarse la confianza de los compañeros, ganarse la confianza de los mandos… ganarse, en definitiva, una reputación. Y todo bajo un ambiente hostil cuyo único objetivo era putearte e infravalorarte en un sistema en el que todo el mundo, desde el jefe más alto hasta cualquier compañero más antiguo, parecía despreciarte. Para una personalidad como la mía resultó ser un infierno, y más de una lágrima derramé en silencio -o delante de algún amigo- por creer que no merecía semejante castigo. Los primeros fueron meses de desdicha y menosprecio, repleto de infravaloraciones injustas.
Pero pasaron los meses y con ellos muchas maniobras y muchas experiencias. Cada vez se llevaban mejor: intentaba no cometer nunca el mismo error dos veces y aprender todo lo nuevo de cada situación. A pesar de mi escasa vida militar, en una unidad como esa iba ya ganando antigüedad, pero si había algo que tenía muy claro es que no podía caer en las redes del sistema que tan mal me acogió: siempre intenté mostrar humildad y enseñar sin broncas a cualquier nuevo que me preguntara. Ya en Cáceres tenía claro que la reputación era algo muy importante en ese mundo, y si bien al llegar a Jaca había perdido toda la que había ganado en aquel entonces al ser un sitio nuevo, las cosas se me iban poniendo mejores. Si había que correr, corría como el que más, si había que caminar, sabía que jamás me debía quedar atrás, si me dolía un poco el tobillo, no quise nunca darme de baja, adonde hubiera que ir, yo iba, y si había que llevar algo más de peso alguna vez, yo lo llevé. Eran muchas de esas cosas inherentes a mi personalidad, pues nunca me gustó estar detrás de nadie, pero lo cierto es que gracias a ellas llegué a ganarme un respeto con el que me sentía, paradójicamente, sobrevalorado.
Y es que nunca llegué a pensar que en los últimos meses pudiera llegar a sentirme tan querido como me sentí. Y es por eso por lo que no me importa olvidar las decenas de ocasiones en las que me arrepentía rotundamente de haberme metido en aquel berenjenal. Los últimos meses, esos en los que me sentía tan querido, en los que sabía que había hecho cosas que de otra forma no hubiera hecho nunca, en los que sabía que era fuerte y respetado, que me había convertido en un buen soldado sin olvidar la humildad, y que mandos y soldados me lo recordaban cada día, fueron, sin duda, enormemente gratificantes. Me sentía tan orgulloso de mí mismo que es una sensación que, junto a mi pequeña aventura, no la cambio por haber acabado la carrera que en ese tiempo ya hubiera acabado.
Son muchas cosas las que habría que contar; muchas aventuras y desventuras que posiblemente sólo con la ayuda de mis compañeros de fatigas sería capaz de relatar fielmente. No me siento capaz de escribir todos los pequeños detalles ni todas las pequeñas grandes hazañas. Y ante la típica pregunta acerca de qué he sacado en estos dos años posiblemente nadie me comprendería si le contestara que el provecho ha sido la experiencia en sí misma. Pero me da igual porque yo, ahora, estoy totalmente convencido de que mi crecimiento personal ha sido inmenso y que la satisfacción de ganarme la confianza de algunas personas que no se la dan a cualquiera vale mucho para mí. Y aunque faltó alguna cosa para poner la guinda a la historia, quizás esté destinado a ponérsela más adelante cuando un día decida, quién sabe, seguir viviendo pequeñas -grandes para mí- aventuras.
Reflexiones desde mi ventana
"Sigue buscando"
El error
Cuando los sentimientos se marchitan...
Sobre el odio
Yo soy de los que piensan (realmente no sé si alguien más lo pensará...) que los remordimientos son las señales por las cuales nuestro verdadero Yo nos indica que hemos hecho algo que se aleja de los ideales de ese "Yo" nuestro. Ciertamente, intentar conocerse a uno mismo es una de las tareas más difíciles que puede llevar a cabo un ser humano, por lo que es lógico que, no sabiendo cómo es realmente nuestro interior, erremos en nuestros actos. El remordimiento, entonces, sale a la luz y nos avisa de que nos hemos equivocado de acción. Sin embargo (dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra) el hombre no suele aprender la lección con una clase; es necesario caer una y otra vez en el mismo error para darse cuenta de que ése no es el camino que desea verdaderamente seguir. Y esto creo que normalmente es así.
Hoy, tras odiar, recibí una de esas señales de mi Yo no mucho después. Me pregunté el por qué de esa señal, pues, ¿acaso no fue lo suficientemente justificada la ocasión? La causa de mi odio era ajena a mí, yo era totalmente inocente, ¿qué culpa podía tener yo? Pues , qué ironía, resulta que toda la culpa era mía y sólo mía. Porque, a decir verdad, ¿no es estúpido que cosas ajenas a nosotros mismos dominen nuestros sentimientos? No podréis negar que siempre se odia a algo o a alguien... pues bien, ¡felicidades a ese algo o alguien!... ya que ha sido capaz de corromper nuestros sentimientos, aquéllos mismos que nos pertenecen a nosotros y sólo a nosotros.
Hoy he aprendido que con el odio no se gana nada. Absolutamente nada. Por el contrario, nos puede hacer ganar enemigos o muchas enemistades. Nos lleva a ser vulnerables ante diferentes situaciones en la vida, previsibles. Y lo peor de todo, acabará por hacernos manipulables, pues quien sepa manejar con eficacia las cuerdas de ese títere llamado odio, hará con el alma que la lleva lo que quiera. En otras palabras, no dejemos que el odio nos haga esclavos del mundo exterior, seamos libres de elegir lo que queremos sentir. Creo que es un buen consejo oír las indicaciones de ese Yo interior, ya que pienso que es ahí donde radican todos los buenos sentimientos: los de una persona justa consigo misma y con los demás. Tratemos pues al odio como él nos quiere tratar a nosotros, y desechémosle porque de nada vale tenerlo en cuenta. La satisfacción de elegir lo que queremos es a lo que todos deberíamos aspirar; eligiendo nuestros propios caminos. Que podrán ser tanto buenos como malos, pero elegidos por nosotros.
El mundo al revés
En otras ocasiones se me hace evidente que lo que debo es pensar más en mí, sin dar tanta importancia a lo que puedan sentir o padecer los demás. Porque cuando me doy cuenta de que es eso lo que estoy haciendo, a pesar de estar haciendo lo que realmente creo correcto, me siento al cabo un tanto imbécil y fuera de lugar.
Y si con lo malo me siento aliviado y con lo bueno a veces imbécil, entonces... ¿en qué mundo estoy viviendo?