El huracán y las espinas
El pantano
Caminé -no tuve más remedio- por entre la basura y los rastrojos, abriéndome paso como podía a través de cortantes hierros herrumbrosos y amenazadores cenagales. Estos parecían pugnar entre ellos para ganarse el derecho de ser mis eternos anfitriones. Pero yo lo sabía, y los evitaba a toda costa. Recordé lo que le había pasado a Artax, el caballo de Atreyu, cuando cayó prisionero de la melancolía al intentar cruzar el pantano de la Tristeza... no siempre iba a venir un dragón de la Suerte para salvarme. Sabía que si me detenía sería el fin. Si me dejaba paralizar por las circunstancias acabaría por formar parte de aquellos oscuros colores y olores, por lo que seguí caminando hasta abandonar aquel paisaje de amargura.
Mi cuerpo acabó ciertamente dañado y mi mente catatónica. Pero el esfuerzo había valido la pena porque ahora estaba seguro y podía sentarme un rato a descansar. Miré hacia atrás y contemplé con orgullo lo que había superado. Luego, enfrente, observé un paisaje diferente. Mis ideas volvían a flotar por el aire de manera fluida, se hizo nuevamente la luz y resurgieron de entre las sombras todas las cosas y personas que me gustan. Y seguía, con todo, dentro de mi mente, no muy lejos del maloliente cenagal.
Un día -estaba seguro de ello- volvería a encontrarme en la misma tesitura y con suerte y esfuerzo retomaría el camino de vuelta. Con mucha probabilidad se repetiría el proceso repetidas veces tal como lo había hecho de aquí para atrás. Al menos sabía que cada vez lo pasaba con mayor soltura, pero me atormentaba la idea de que no podía asegurar que esto seguiría siendo así. Fue entonces cuando, cierto día, cogí una pala y un azadón y me propuse ir destruyendo poco a poco aquel indeseable rincón de mi mente.
No fue poco el trabajo que realicé durante incontables semanas ni despreciables las gotas de sudor que sobre aquella tierra vertí, pero lo cierto es que tras muchos meses de ardua faena no había conseguido absolutamente nada. Todo lo que con mi pala quitaba volvía al día siguiente a regenerarse, y los pantanos brotaban nuevamente de la nada al poco de haber achicado sus sucias aguas. Probé incluso introduciendo animales y plantando árboles para darle un poco de vida, pero nada de aquello permanecía más de dos días. Abatido, no pude evitar que el desaliento se fuese apoderando de mi ánimo, y desistí.
Salí abrumado otra vez hacia lugar seguro (aquella ocasión, debido a mi desilusión, me costó muchísimo abandonar el pantano). Conseguí olvidarme poco a poco de mi fracaso y me centré en otros asuntos. Curiosamente fue una etapa en la que me faltaba tiempo para hacer todo lo que quería; siempre estaba entretenido con algo o con alguien.
Pasaron así varias semanas y me di cuenta de que hacía tiempo que no sentía curiosidad por lo que ocurría en las catacumbas. Sin darme cuenta, me había alejado considerablemente de las mismas, ya que con tantas tareas me iba moviendo por diferentes lugares. Y tan lejos me había marchado que no pude encontrar durante días los cenagales, pero cuando finalmente los hallé, caí en la cuenta de que lo que realmente había ocurrido es que tampoco me había alejado tanto como pensaba... ¡el pantano era ahora mucho más pequeño! Era como si hubiera caído en su propias garras: al no haber nadie que se interesara por él estaba siendo consumido por su propia tristeza. Tampoco podía asegurar que esta fuera la verdadera causa de su progresiva extinción, pero lo relevante entonces era que su abandono suponía un obstáculo menos para la fluidez de mis ideas.
Me fui, pues, a proseguir con las tareas que momentáneamente había apartado. Y no volví a pasar por aquel lugar en largo tiempo.
Tamarán, 1478
Gonzalo
No es un hombre poderoso, pero sabe que si quiere conseguir algo nunca va a tener ningún problema gracias a su ingenio y picardía. Pero él sabe mucho, y precisamente por eso sabe conformarse con poco. Me pregunto, incluso, si es que acaso Gonzalo habrá descubierto el gran secreto de la vida…
Él, repito, es cubano. Sabedor de lo que acontece en las altas esferas de la sociedad o de sobrevivir en el lado más hostil de la calle. Es cubano para saber divertirse en cualquier lugar y es cubano para ver que las cosas también se disfrutan pausadamente. Para ser pendenciero cuando la situación lo requiere o para entregar el más sabio consejo en un momento de desesperación. Consciente de que personas hay muchas y experto en tratarlas a todas, sabe ganarse la confianza tanto de unos como de otros, convirtiéndose prontamente en amigo del ricachón y del mendigo.
Es Gonzalo, el cubano, humilde como ninguno, carácter noble de aventurero, repartidor de mil historias repletas de lujos y penurias. No dudes que también repartirá su bocadillo –siempre a partes iguales- si es que acaso no tienes nada que comer. Tú pídele ayuda que él vendrá raudo en su bicicleta para solventarlo. Tómate unas cervezas con él y verás todo lo que se esconde bajo esos ojos claros y esa piel tostada, como curtida y cuidada a conciencia por el sol de la vida.
Un mar de sueños (el marinero que dejó de soñar)
La sensación olvidada
Todo se mueve en círculos
Es bonito volver y darte cuenta de todo esto. Aplicar todo lo aprendido y notar cómo la nostalgia puede aparecer pero sólo coges lo bueno de ella. Lo malo, lo que te hace sentir mal y triste por esa añoranza tantas veces sobrevalorada en el recuerdo, aprendes a obviarlo.
Así que habrá que dejar que todo siga moviéndose en círculos -porque si la naturaleza así lo quiere por algo será- e intentar aprovechar esa circunstancia para seguir mejorando.
De cómo conocí a Guanchito
Después de visitar la cueva y emprender nuevamente mi camino, me encontré con el problema de que este pequeño renacuajo no se despegaba de mí. Quise asustarlo para que no lo hiciera, puesto que llevármelo no podía ser y, además, no podía estar del todo seguro de que estuviera abandonado. Así que dejé que me siguiera un poquito -lo hacía a unos cincuenta metros después de los espantos que le di- porque, en realidad, poco más podía hacer. Nunca imaginé que un perro tan pequeño pudiera caminar tanto como lo hizo él. Yo quería que acabara despegándose de mí y que siguiera ahí detrás al mismo tiempo. Sí, era eso último lo que esperaba cada vez que miraba hacia atrás y me paraba hasta verlo aparecer nuevamente, tenaz, intentando seguir mi ritmo. Y no era fácil en aquella pequeña montaña, ya que el viento de la zona era muchísimo más fuerte a aquella altura y el terreno no era el más adecuado para unas patas tan cortas. Andando a contraviento, sus orejitas siempre estaban plegadas hacia atrás y él, aunque pequeño, intentaba agazaparse aún más para notar menos el intenso soplo que no quería acabarse.
Sin darme cuenta me desvié ligeramente del camino llegando a un saliente donde Eolo parecía querer soplar más que en ningún otro sitio. Tanto, que cuando me di la vuelta y llegué al desvío que debí tomar me di cuenta de que Guanchito no me seguía y que , probablemente, se había quedado en aquel pequeño socavón en el que se había metido para resguardarse. La sensación en aquel momento fue igualmente doble. Alivio por saber que había dejado de seguirme y desilusión por lo que en el fondo quería. Recordé inmediatamente el amasijo de huesos que había al lado, en otro pequeño agujero en la ladera, pequeñitos como los de él y, a tenor de su blanco color, quién sabía si relativamente recientes (sin tener ni idea del tema, esa fue al menos mi impresión). Y no, ¿quién sabía si a Guanchito le esperaba un destino como aquél si lo dejaba en ese lugar? No, no podía hacerlo, así que decidí al instante que debía ir en su rescate. Estaba efectivamente allí, resguardado de las fuerzas de la naturaleza y algo asustado. Lo cogí y lo llevé conmigo hasta el ya cercano pueblo.
A partir de ahí me encontré con muchas personas a las que les contaba que me lo había encontrado, a las cuales le preguntaba si lo conocían, o simplemente qué opinaban. Todos coincidían en que era muy gracioso y que, por qué no, debería quedármelo. Otras personas al cruzarse con él simplemente sonreían. Y fue así como, poco a poco, empecé a pensar que tal vez no sería tan mala idea esa de llevármelo a casa. Aún faltaba algo de camino por recorrer, y llegamos a la costa y a una playa donde seguíamos encontrándonos con personas que no podían evitar mirar con cariño esas orejas puntiagudas que se acercaban rítmicamente desde el horizonte.
Estaba decidido. Y el hecho de que hubiera que meter clandestinamente a Guanchito en la guagua para volver a casa era secundario: tenía una mochila y él era lo suficientemente pequeño como pare meterse sin que nadie se tuviera que dar cuenta. Una pareja que me encontré y que se mostraron encantados me ayudaron y al poco tiempo estaba de vuelta a casa. Hoy, unos días después, Chito sigue sus pasos por aquí y no parece quejarse. Ciertamente, se está ganando rápidamente las papeletas para que le adoptemos.
Inmadurez
[Qué pregunta tan absurda, qué duda más irracional]
Me pregunté una vez,
en la dulce soledad de mis pensamientos,
si ahora mismo estarías siendo feliz.
Si realmente crees que lo fuiste alguna vez.
Y si esa vez, si es que la hubo, fue junto a mí.
[Las cuestiones que me planteo son injustas, inmaduras]
Me pregunté en una ocasión
si ya habrías llegado a ser quien te proponías ser
O si al menos estarías ya en camino hacia tu ansiado propósito
Si acaso comenzaste a hacerlo en aquel, nuestro último día,
cuando yo partí
[Porque dura por fuera, blanda por dentro]
Me lo pregunté alguna vez
Y seguí haciéndolo más, y más
Y me pregunto ya mismo, en reiterada ocasión,
si es que tal vez hubo momento -tan solo uno-
en que habrás pensado en mí
…Y si un día tuviste a bien desearme lo mismo
[Sé que tú, como yo, lo sigues queriendo]
Pero siendo consciente de lo que digo
Si por casualidad fuera cierta
La fantasía que describo
Me causaría gran desasosiego…
[Sigues queriendo lo mejor para mí]
Pues en el lugar donde estoy
Al preguntarme alguien qué es lo que hago
Me respuesta sería muda
Y ni siquiera sabría qué decir.
Y qué pregunta tan absurda, qué duda más irracional
Las cuestiones que me planteo son injustas, inmaduras
Porque dura por fuera, blanda por dentro
Sé que tú, como yo, sigues queriendo
Al igual que la tuya propia, mi felicidad
El beso
Y las palabras, sobraban. Sobraban porque no había nada que decir cuando todo estaba ya escrito en aquel trance de infinitas sensaciones. Sintieron entonces cómo algo corría brutalmente por entre sus venas cada vez con mayor fuerza, subiendo hasta el pecho casi con furia y desesperación y creciendo hasta un punto álgido en el que el rostro del otro desaparecía a medida que cerraban casi inconscientemente los párpados, con mágica y exquisita compenetración. Y fue inevitable -no pudiendo ser de otra manera- cuando en ese punto álgido dejaron de ver y empezaron a sentir en sus labios la ardiente intensidad de su primer beso.
