El huracán y las espinas


Ha pasado un huracán.
Alteró el poco orden que en su interior quedaba pero, al contrario que otros, su efecto ha sido enriquecedor, exquisito y cautivador.
Pasó ya, el huracán. Mucho más tarde de lo que seguramente tenía que haberlo hecho. Y es que había llegado con retraso para luego tener que irse demasiado pronto.
Pero al menos vino; y sembró en su caótico vagar semillas de esperanza y de ilusión que, por otra parte, quizás no sigan creciendo tras su marcha.
Y ahora, todo volverá a la normalidad; poco a poco, con el paso de los días. Pero el rastro de su avance permanecerá invariable en su esencia, latente durante un tiempo que será indeterminado.
Porque también habían crecido algunas espinas, de esas que apenas se ven a simple vista. Y estas, siempre tan orgullosas, gozan dejándose notar de vez en cuando para evitar ser olvidadas.



El pantano

   Me encontraba en un lugar sucio y maloliente de mi mente. Todo era escalofriantemente tétrico, oscuro y tenebroso... todo sombras en un lugar sin sol. Aquel apestoso olor que se desprendía por doquier parecía poder atravesar cualquier barrera que pusiera entre el exterior y mi nariz. Sin embargo no era el hedor lo que más afligía a los sentidos, sino la visión de aquel paisaje sombrío y desolado. Era como ácido que caía a gotas sobre mis ojos, como mezquinas agujas que se clavaban directamente en el corazón para hacerme daño de la manera más ruin.

   Caminé -no tuve más remedio- por entre la basura y los rastrojos, abriéndome paso como podía a través de cortantes hierros herrumbrosos y amenazadores cenagales. Estos parecían pugnar entre ellos para ganarse el derecho de ser mis eternos anfitriones. Pero yo lo sabía, y los evitaba a toda costa. Recordé lo que le había pasado a Artax, el caballo de Atreyu, cuando cayó prisionero de la melancolía al intentar cruzar el pantano de la Tristeza... no siempre iba a venir un dragón de la Suerte para salvarme. Sabía que si me detenía sería el fin. Si me dejaba paralizar por las circunstancias acabaría por formar parte de aquellos oscuros colores y olores, por lo que seguí caminando hasta abandonar aquel paisaje de amargura.

   Mi cuerpo acabó ciertamente dañado y mi mente catatónica. Pero el esfuerzo había valido la pena porque ahora estaba seguro y podía sentarme un rato a descansar. Miré hacia atrás y contemplé con orgullo lo que había superado. Luego, enfrente, observé un paisaje diferente. Mis ideas volvían a flotar por el aire de manera fluida, se hizo nuevamente la luz y resurgieron de entre las sombras todas las cosas y personas que me gustan. Y seguía, con todo, dentro de mi mente, no muy lejos del maloliente cenagal.

   Un día -estaba seguro de ello- volvería a encontrarme en la misma tesitura y con suerte y esfuerzo retomaría el camino de vuelta. Con mucha probabilidad se repetiría el proceso repetidas veces tal como lo había hecho de aquí para atrás. Al menos sabía que cada vez lo pasaba con mayor soltura, pero me atormentaba la idea de que no podía asegurar que esto seguiría siendo así. Fue entonces cuando, cierto día, cogí una pala y un azadón y me propuse ir destruyendo poco a poco aquel indeseable rincón de mi mente.

   No fue poco el trabajo que realicé durante incontables semanas ni despreciables las gotas de sudor que sobre aquella tierra vertí, pero lo cierto es que tras muchos meses de ardua faena no había conseguido absolutamente nada. Todo lo que con mi pala quitaba volvía al día siguiente a regenerarse, y los pantanos brotaban nuevamente de la nada al poco de haber achicado sus sucias aguas. Probé incluso introduciendo animales y plantando árboles para darle un poco de vida, pero nada de aquello permanecía más de dos días. Abatido, no pude evitar que el desaliento se fuese apoderando de mi ánimo, y desistí.

   Salí abrumado otra vez hacia lugar seguro (aquella ocasión, debido a mi desilusión, me costó muchísimo abandonar el pantano). Conseguí olvidarme poco a poco de mi fracaso y me centré en otros asuntos. Curiosamente fue una etapa en la que me faltaba tiempo para hacer todo lo que quería; siempre estaba entretenido con algo o con alguien.

   Pasaron así varias semanas y me di cuenta de que hacía tiempo que no sentía curiosidad por lo que ocurría en las catacumbas. Sin darme cuenta, me había alejado considerablemente de las mismas, ya que con tantas tareas me iba moviendo por diferentes lugares. Y tan lejos me había marchado que no pude encontrar durante días los cenagales, pero cuando finalmente los hallé, caí en la cuenta de que lo que realmente había ocurrido es que tampoco me había alejado tanto como pensaba... ¡el pantano era ahora mucho más pequeño! Era como si hubiera caído en su propias garras: al no haber nadie que se interesara por él estaba siendo consumido por su propia tristeza. Tampoco podía asegurar que esta fuera la verdadera causa de su progresiva extinción, pero lo relevante entonces era que su abandono suponía un obstáculo menos para la fluidez de mis ideas.

   Me fui, pues, a proseguir con las tareas que momentáneamente había apartado. Y no volví a pasar por aquel lugar en largo tiempo.


Tamarán, 1478

Cuando a otros afligía, era del gusto de Bentejuí observar la calima acercarse desde el mar. Tras percibir el característico olor del extraño fenómeno, disfrutaba subiendo a lo alto del risco para mirar allí donde cada mañana el sol siempre aparecía.
Tiñendo todo de de naranja a su paso, veía al siroco acercarse y establecerse, para luego desvanecerse en poco tiempo.
Un día otro fenómeno avanzaba igualmente desde lo desconocido. Era otro color el que traía, y su olor, diferente, no viajaba desde donde salía el sol. Ninguna de las dos sensaciones le gustó, y se preguntó, al tiempo que le atravesaba un pequeño escalofrío, si el suceso acabaría finalmente por esfumarse.

Gonzalo

Claro ejemplo de sabiduría popular, oírle hablar es un constante aprender de las experiencias de la vida a través de sus historias. Gonzalo, cubano él de pura cepa, es un hombre sencillo. Captando la esencia de la vida montado en su peculiar bicicleta, ha llegado a convertirse en un hombre que ha sabido aprender que con las cosas sencillas se puede ser enormemente feliz. Y es que él sabe vivirla porque ha llegado a comprender qué es lo más importante de ella. No hay más que observar sus ojos llenos de vivencias, su rítmico andar o sus brillantes ocurrencias para saber que bajo esa aparente sencillez se esconde alguien que podría entender mejor que nadie las cosas complejas de la vida.

No es un hombre poderoso, pero sabe que si quiere conseguir algo nunca va a tener ningún problema gracias a su ingenio y picardía. Pero él sabe mucho, y precisamente por eso sabe conformarse con poco. Me pregunto, incluso, si es que acaso Gonzalo habrá descubierto el gran secreto de la vida…

Él, repito, es cubano. Sabedor de lo que acontece en las altas esferas de la sociedad o de sobrevivir en el lado más hostil de la calle. Es cubano para saber divertirse en cualquier lugar y es cubano para ver que las cosas también se disfrutan pausadamente. Para ser pendenciero cuando la situación lo requiere o para entregar el más sabio consejo en un momento de desesperación. Consciente de que personas hay muchas y experto en tratarlas a todas, sabe ganarse la confianza tanto de unos como de otros, convirtiéndose prontamente en amigo del ricachón y del mendigo.

Es Gonzalo, el cubano, humilde como ninguno, carácter noble de aventurero, repartidor de mil historias repletas de lujos y penurias. No dudes que también repartirá su bocadillo –siempre a partes iguales- si es que acaso no tienes nada que comer. Tú pídele ayuda que él vendrá raudo en su bicicleta para solventarlo. Tómate unas cervezas con él y verás todo lo que se esconde bajo esos ojos claros y esa piel tostada, como curtida y cuidada a conciencia por el sol de la vida.

Un mar de sueños (el marinero que dejó de soñar)

Dormía el buen marinero durante su viaje en el mar
Dormía y soñaba mientras miraba al horizonte... dormía despierto
Y despierto pensaba, soñaba, en su destino ansiado
En todas las cosas que haría al llegar
En su mente, unas tras otra, mil aventuras surgían
Pensaba con orgullo en las mil personas que conocería
Pero dormía, sin embargo, el buen marinero, a pesar de estar despierto...

Y lo sabía; sabía que en la vigilia vivía su propia falsedad
porque aquél no era un viaje directo... tendría que esperar
sólo entonces lograría convertir el sueño en realidad

No hubo otra manera de aprenderlo
sino en su largo y problemático vagar...

Hasta que ahora se dio cuenta de que despierto, dormía...
... y entonces despertó de verdad

Entendiendo que no habían atajos que valieran en su viaje
dejó de encontrar razones para soñar
pues en ese largo y problemático vagar aprendió
que quien navega en un mar de sueños
es más propenso a naufragar

La sensación olvidada

¿Qué extraño placer es ese, que a la vez que me gusta me duele, que igual me hace reír que me hace llorar, y que o bien me llena o logra comerme por dentro? Es la memoria, es la nostalgia... la evocación que surge con una canción, un aroma, un sonido... o con la más leve sensación. Un recuerdo olvidado que resurge de la nada, cual montaraz relámpago, y que logra hacer sentir lo mismo, en un brevísimo instante, que lo que aconteció en alguna situación. Es aquello que pareció borrarse un día pero aún seguía ahí, oculto e incontrolable, guardado en un rincón apartado... y resurgido por una chispa accidental que la vida quiso cruzar en el camino, para retroceder en el tiempo... tan sólo un segundo. Un segundo de placer o un segundo de repulsión; un placer recuperarlo otra vez o un horror a sentirlo volver... al final, un curioso sabor agridulce por el que, por raro, resulta encantador dejarse estremecer.

Todo se mueve en círculos

Dice una canción que todo se mueve en círculos. Yo no sé si será todo, pero sí creo que muchas de las cosas de esta vida siguen con evidencia ese principio. Basta con observar un poco la naturaleza para darse cuenta de ello. Y es en el trancurso de nuestras vidas cuando también se hacen evidentes esos hechos, cuando de repente nos vemos inmersos en situaciones del pasado al volver a determinados lugares o al reencontrarnos con antiguas amistades. Lo mejor de esos momentos es cuando te das cuenta de que, aunque quizás estés dando una vuelta en círculo, todo el recorrido hecho para volver a llegar a donde empezaste te habrá enseñado a ver las cosas de otra manera. Porque el mismo planeta que tras su ciclo vuelve al mismo punto no es el mismo, es otro diferente.
Es bonito volver y darte cuenta de todo esto. Aplicar todo lo aprendido y notar cómo la nostalgia puede aparecer pero sólo coges lo bueno de ella. Lo malo, lo que te hace sentir mal y triste por esa añoranza tantas veces sobrevalorada en el recuerdo, aprendes a obviarlo.
Así que habrá que dejar que todo siga moviéndose en círculos -porque si la naturaleza así lo quiere por algo será- e intentar aprovechar esa circunstancia para seguir mejorando.

De cómo conocí a Guanchito


Caminando por las áridas pero encantadoras tierras de Agüimes, allá por su pequeña montaña, estaba, recostado y vigilante, el que fue a partir de aquel momento mi leal compañero de caminata en aquél caluroso día. Así estaba él, quizás medio adormilado por el duro sol de mediodía del sudeste de la isla, en la entrada de una cueva aborigen que tenía interés en visitar. Al verme aparecer -diría que yo me di cuenta de su presencia antes que él de la mía- quiso gruñirme un poquito, pero pronto se le acabó la vena hostil puesto que al minuto ya se estaba revolcando para que le acariciara.

Después de visitar la cueva y emprender nuevamente mi camino, me encontré con el problema de que este pequeño renacuajo no se despegaba de mí. Quise asustarlo para que no lo hiciera, puesto que llevármelo no podía ser y, además, no podía estar del todo seguro de que estuviera abandonado. Así que dejé que me siguiera un poquito -lo hacía a unos cincuenta metros después de los espantos que le di- porque, en realidad, poco más podía hacer. Nunca imaginé que un perro tan pequeño pudiera caminar tanto como lo hizo él. Yo quería que acabara despegándose de mí y que siguiera ahí detrás al mismo tiempo. Sí, era eso último lo que esperaba cada vez que miraba hacia atrás y me paraba hasta verlo aparecer nuevamente, tenaz, intentando seguir mi ritmo. Y no era fácil en aquella pequeña montaña, ya que el viento de la zona era muchísimo más fuerte a aquella altura y el terreno no era el más adecuado para unas patas tan cortas. Andando a contraviento, sus orejitas siempre estaban plegadas hacia atrás y él, aunque pequeño, intentaba agazaparse aún más para notar menos el intenso soplo que no quería acabarse.

Sin darme cuenta me desvié ligeramente del camino llegando a un saliente donde Eolo parecía querer soplar más que en ningún otro sitio. Tanto, que cuando me di la vuelta y llegué al desvío que debí tomar me di cuenta de que Guanchito no me seguía y que , probablemente, se había quedado en aquel pequeño socavón en el que se había metido para resguardarse. La sensación en aquel momento fue igualmente doble. Alivio por saber que había dejado de seguirme y desilusión por lo que en el fondo quería. Recordé inmediatamente el amasijo de huesos que había al lado, en otro pequeño agujero en la ladera, pequeñitos como los de él y, a tenor de su blanco color, quién sabía si relativamente recientes (sin tener ni idea del tema, esa fue al menos mi impresión). Y no, ¿quién sabía si a Guanchito le esperaba un destino como aquél si lo dejaba en ese lugar? No, no podía hacerlo, así que decidí al instante que debía ir en su rescate. Estaba efectivamente allí, resguardado de las fuerzas de la naturaleza y algo asustado. Lo cogí y lo llevé conmigo hasta el ya cercano pueblo.

A partir de ahí me encontré con muchas personas a las que les contaba que me lo había encontrado, a las cuales le preguntaba si lo conocían, o simplemente qué opinaban. Todos coincidían en que era muy gracioso y que, por qué no, debería quedármelo. Otras personas al cruzarse con él simplemente sonreían. Y fue así como, poco a poco, empecé a pensar que tal vez no sería tan mala idea esa de llevármelo a casa. Aún faltaba algo de camino por recorrer, y llegamos a la costa y a una playa donde seguíamos encontrándonos con personas que no podían evitar mirar con cariño esas orejas puntiagudas que se acercaban rítmicamente desde el horizonte.

Estaba decidido. Y el hecho de que hubiera que meter clandestinamente a Guanchito en la guagua para volver a casa era secundario: tenía una mochila y él era lo suficientemente pequeño como pare meterse sin que nadie se tuviera que dar cuenta. Una pareja que me encontré y que se mostraron encantados me ayudaron y al poco tiempo estaba de vuelta a casa. Hoy, unos días después, Chito sigue sus pasos por aquí y no parece quejarse. Ciertamente, se está ganando rápidamente las papeletas para que le adoptemos.

Inmadurez

[Qué pregunta tan absurda, qué duda más irracional]

Me pregunté una vez,

en la dulce soledad de mis pensamientos,

si ahora mismo estarías siendo feliz.

Si realmente crees que lo fuiste alguna vez.

Y si esa vez, si es que la hubo, fue junto a mí.


[Las cuestiones que me planteo son injustas, inmaduras]

Me pregunté en una ocasión

si ya habrías llegado a ser quien te proponías ser

O si al menos estarías ya en camino hacia tu ansiado propósito

Si acaso comenzaste a hacerlo en aquel, nuestro último día,

cuando yo partí


[Porque dura por fuera, blanda por dentro]

Me lo pregunté alguna vez

Y seguí haciéndolo más, y más

Y me pregunto ya mismo, en reiterada ocasión,

si es que tal vez hubo momento -tan solo uno-

en que habrás pensado en mí

…Y si un día tuviste a bien desearme lo mismo


[Sé que tú, como yo, lo sigues queriendo]

Pero siendo consciente de lo que digo

Si por casualidad fuera cierta

La fantasía que describo

Me causaría gran desasosiego…


[Sigues queriendo lo mejor para mí]

Pues en el lugar donde estoy

Al preguntarme alguien qué es lo que hago

Me respuesta sería muda

Y ni siquiera sabría qué decir.


Y qué pregunta tan absurda, qué duda más irracional

Las cuestiones que me planteo son injustas, inmaduras

Porque dura por fuera, blanda por dentro

Sé que tú, como yo, sigues queriendo

Al igual que la tuya propia, mi felicidad






El beso

Sólo hacía falta una mirada para comprender aquello que durante tanto tiempo se ocultaron. Se miraron, pues, aquella tranquila tarde de verano, junto al mar y su suave brisa, en el magnífico escenario de un atardecer de mil colores. Absortos en esa mutua mirada, se observaron cada detalle de sus rostros; cada imperfección, cada línea cuarteada, cada pequeña arruga… sin saber explicar por qué, eran esas pequeñas imperfecciones las que precisamente les llamaban más la atención. Se miraron y el tiempo se detuvo… o fue quizás más rápido que nunca, convirtiendo aquel momento en un acto de suprema placidez, de marcada despreocupación por todo lo que en derredor pudiera suceder. El salitre en sus caras bañadas por las rojizas tonalidades del ocaso dejó de existir y el sempiterno ruido del mar golpeando el rompeolas ya no se oyó más en aquella laguna temporal creada por esa dulce mirada.

Y las palabras, sobraban. Sobraban porque no había nada que decir cuando todo estaba ya escrito en aquel trance de infinitas sensaciones. Sintieron entonces cómo algo corría brutalmente por entre sus venas cada vez con mayor fuerza, subiendo hasta el pecho casi con furia y desesperación y creciendo hasta un punto álgido en el que el rostro del otro desaparecía a medida que cerraban casi inconscientemente los párpados, con mágica y exquisita compenetración. Y fue inevitable -no pudiendo ser de otra manera- cuando en ese punto álgido dejaron de ver y empezaron a sentir en sus labios la ardiente intensidad de su primer beso.