Nunca es ella

Me parece verla.

Veo a una chica corriendo de un modo parecido al de ella. Me parece verla. Pero no es .

Veo a una chica con el pelo oscuro, no muy largo. ¿Habrá cambiado de look? ¿Lo llevará ahora diferente? Me parece que es ella, pero no.

Veo a alguien vistiendo alguna prenda parecida a una de las suyas. ¿Las tendrá todavía…? La veo más de cerca y no, no es ella.

Se acerca alguien, caminando. ¿Será ella? Lo parece, por la silueta y el modo de caminar. Se sigue acercando y no, no es ella.

Dicen que vemos lo que queremos ver.

Yo la veo muy a menudo, pero nunca es ella.

Y yo sigo, por inercia, mi rumbo hacia ninguna parte.


Ilusión

La fuerza mental es mil veces más fuerte que la fuerza física.
La voluntad lo es todo.
Y la ilusión es, creo, el combustible esencial para alimentarla.

Ojalá tuviera ilusión.

Deja de alimentarlo

–Sinceramente, no sé dónde ni cómo acabará todo esto.
–¿A qué te refieres?
–A todo. A todo esto. A la vida, al dolor, al sinsentido. 
–Entiérralo
–Vuelve a brotar
–Deja de alimentarlo
–...

El único camino posible

Solo hay un camino posible: quererme y SER, cada día, mejor.

No hay otra opción.

Despertar

¿Qué hora serían? No estoy muy seguro, pero quizás estaríamos a eso de las cinco menos algo de la mañana.

Me desperté. De esas veces que te despiertas de repente, sin saber muy bien por qué, y ya no tienes más ganas de dormir. Sí, vale. Sí que tienes ganas de seguir en la cama –¿para qué voy a levantarme tan temprano?–, piensas, –aún no he dormido las horas que debería–, pero a la misma vez quieres levantarte y hacer algo de más provecho.

Creo que al finel dormité un poco más y, al poco rato, ocurrió lo mismo. Tenía el dorso de mi mano bajo mi sién y empezó a sentir algo con fuerza: los latidos de mi corazón. Estaba un poco acelerado. Latía con vehemencia. Jose: ¡arriba!

Y así lo hice, como tantas otras mañanas desde hacía ya unas cuantas semanas. ¿Esfuerzo? Ninguno ¿Desgana? Ninguna. Mi corazón –la fuerza de sus latidos– me instaba a no olvidarme de mis ilusiones. A seguir adelante, sin tregua, hacia mis objetivos. A seguir autobombardeándome de hábitos, personas, lecturas y acciones que me lleven inevitablemente hacia el éxito en mis proyectos.

No hubo «diablillo» en esta historia. No hubo hueco para esa vocecilla que siempre está ahí y que nos intenta convencer de quedarnos en la cama, de dejar las cosas para mañana, de no tomar acción. ¡Ni rastro de ella! Solo mi corazón. Pura fuerza. Pura ilusión. Puro foco en lo importante.

Me levanté y seguí trabajando, con ilusión, hacia mi autorrealización.

¿Y si sí?

¿Y si seguimos escribiendo algo...?

Un camino entre dos



Solía dudar si es mejor ir solo por la vida o en pareja. Si uno debe aspirar a lo más alto procurando avanzar en solitario o con la fiel compañía de la persona a la que quiere. Ha sido tanto tiempo cuestionando una pregunta a sabiendas retórica... Pero eso ya ha dejado de preocuparme. Ahora me siento bien conmigo mismo y mis pensamientos, conmigo y con mi compañera, queriendo compartir nuestros serpenteantes caminos desde aquí hasta quién sabe dónde. Y no me da miedo. Muy al contrario, sé que en sus brazos estaré seguro, y que su presencia hará que mis lágrimas desaparezcan más rápido. Aunque en otros tiempos era yo más reservado, ahora me siento seguro a su lado, y espero que algún día yo pueda merecer la misma confianza.

Nos queremos. Somos iguales y diferentes. Dialogamos afablemente para luego, quizás, discutir como niños. Somos hermanos. Jugamos y nos reímos alegres de cosas sin sentido. Somos los mejores amigos, y también amantes. Y cómo me ven sus ojos, no puedo estar seguro. Pero ella, para mí, no es nada menos que lo que en el fondo siempre quise: una fiel compañera de camino. La misma que una vez me encontró en el suyo y quiso recogerme porque vio algo que para mí, entonces, pasaba desapercibido. Me recogió en sus brazos, mostrándome un nuevo sendero con más luz y color. Y es gracias a ella, a su manera de ser y tratarme, por lo que ahora soy más feliz. Brilla en mí la esperanza de saber que lo que me resta de camino no lo haré solo, sino con mi fiel compañera del alma.

No es matemático

  Y llegó una vez más el momento de separarnos. De sentir que algo se desprende de nuestro interior, con un dolor sólo aliviado por la esperanza del retorno. Se va por un tiempo una parte de cada uno de nosotros, y sin embargo seguimos enteros. ¿Nos sentiremos perdidos, solos y desamparados en este periodo? ¿Cómo continuaremos nuestros caminos sin la compañía del otro? 

   Es natural, es Ley; es lo que la vida nos ofrece y a veces impone, quizás al principio por rachas, pero al final sin excepción ni miramientos. Y sin embargo, sintamos como lo sintamos, seguimos enteros. Y así es como debe ser. Porque está bien que dos personas puedan a veces sentirse una, pero no por ello la unidad tiene por qué perder su identidad. Uno debe seguir siendo siempre, y ante todo, un número entero.

Carta desde el fango


De todos los sentimientos nefastos, el fracaso debe de ocupar un lugar importante en el ránking. Produce un malestar desolador, capaz de hacerte arrodillar y engullir tu propio orgullo. Te paraliza y te destruye, quizás, para siempre.

Fracasar es abrir los ojos y darte cuenta de cuán ridículamente has malgastado tu tiempo en los últimos diez años. Es percatarte de que vivir con tus propios principios no te ha dado beneficio alguno, y que ir a contracorriente no ha sido más que un malgasto inútil de energía. Sólo los más fuertes pueden emprender tales hazañas, y yo probablemente ni soy fuerte ni tengo en verdad fuertes principios.

Siempre intenté vivir al margen de tendencias, modas y demás aspectos que considero superficiales. Y sin embargo ahora deseo más que nunca dinero, éxito y reconocimiento. Volvería al pasado y procuraría ser uno más, dejándome arrastrar por la corriente y beneficiándome con ello de todo lo que el sistema ofrece, adaptándome sin pensarlo demasiado a las circunstancias presentes. Probablemente no hubiera sido difícil, pero sea como fuere ahora ya es tarde para eso, y veo cómo he perdido para siempre la que podía haber sido mi mejor juventud. Para siempre.

Fracasar es haber rechazado otras maneras de vivir la vida para luego envidiarlas. Para que luego la aflicción, la envidia y la tristeza por no haber seguido tales derroteros te corroan por dentro, y para que entonces la desesperación se encargue de finalizar el trabajo. Cada vez siento más lástima y compasión por mí mismo, dueño de una vida insípida, vacía y fútil. Me avergüenzo de lo que soy y de lo bajo que he caído, pues ni supe ser fuerte ni supe andar mis propios caminos. Creo que nunca he visto la felicidad tan lejos, y ahora me pregunto desconsolado si acaso la hubiera podido encontrar en cosas materiales. No soy más que un materialista más disfrazado de hombre sencillo, un arribista frustrado; un hombre que durante toda su vida se ha mentido a sí mismo diciéndose que no se es más feliz siendo más poderoso. La vida misma, el karma, parece preocuparse en restregármelo con vehemencia.

Pocas cosas me interesan ya a estas alturas, y aún menos quiero saber acerca de lo que a otros les llama la atención. Me he desgastado, víctima de mí mismo y de mis circunstancias. Soy un ser totalmente inadaptado en un mundo que para otros es maravilloso. He tocado fondo y deslizo en el fango una y otra vez, rabioso, sin poder levantarme. Doy vueltas en mi círculo vicioso hasta la extenuación.

Éste es el resultado de años a la deriva: embadurnado de barro en un charco de estiércol, ahogado en mis propias penas. Me autodesterré sin motivo a las cloacas de la sociedad, y ahora francamente pienso que estaría un tanto mejor viviendo en un chalet de lujo. Solía encontrar en la melancolía mi inspiración para escribir, y ahora es tal mi aflicción que ni siquiera tengo interés en expresar poco más que estas palabras. Mis ideas están podridas y su hedor me impide respirar. Hace ya demasiado tiempo que empecé a quedarme sin oxígeno y mi fuego ya casi está extinto. Me apago.

He fracasado.

A contracorriente

En mi incomprensión me encuentro solo ante el mundo,
y ante mis circunstancias y pensamientos solo habré de luchar ,
intentando mantener el castillo de naipes que se cae
y yo, terco, vuelvo a construir.

No pasa nada si me equivoco,
no pasa nada si nadie me entiende;
no pasa nada si tampoco tengo muy claro el destino
o si a veces me parezca que me hundo.

En mi lucha interna y loca sigo y seguiré,
y no por incomprendido me dejaré abatir;
pues llegue a donde llegue
me diré con entereza que lo habré hecho por mí. 

Soy irreducible. Soy implacable. Soy fuerte.
Y si a veces lo sintiera menester,
nadaría cansado en un río de interrogantes
y exclamaciones, a contracorriente y sin sentido,
aún siendo incomprendido.

Razones para no marcharme

Porque
me ayudó en mis primeros pasos; 
me instaba a no cruzar la calle justo donde hacía curva: podía pillarme un coche;
a pesar de mis lágrimas y berrinches, me obligó a ir ese lugar donde yo y otros niños aprendíamos a contar. Luego no lloré más;
nunca tuve un castigo severo, ni siquiera cuando rompí aquel cuadro; 
Porque siempre consoló mi tristeza.
Porque una vez tuve los mejores patines y el mejor stick del parque.

Porque
me llevó a un estudio fotográfico y nos sacamos unas cuantas fotos, yo ataviado con un disfraz ridículo, pero encantador;
cuando había excursión, siempre me hacía un gran bocadillo de tortilla de papas. En mi pequeña mochila vaquera apenas cabía nada más, y no dejaba que la tortilla se enfriase;
me decía que debía estar en casa a las ocho, pero yo sabía que si me estaba divirtiendo y avisaba, siempre podría jugar un poco más.
Porque cuando aún era muy bajo y no alcanzaba el telefonillo, la llamaba desde el patio y me abría el portal.
Porque en mi comunión hube de lucir un traje color salmón que detestaba.

Porque 
tuve juguetes suficientes;
alguna vez dejó que me quedara en la cama y no ir al cole. Por un día no pasaba nada;
de todos mis amigos creo que fui el último que aprendió a bañarse solo, pero nadie lo supo nunca;
me obligó a ir durante un año al conservatorio de música. Por desgracia, más tarde me salí con la mía y no fui más. Ahora no sé tocar ningún instrumento y sin embargo me encantaría;
me regaló varios libros infantiles y rotuló en todos ellos mi nombre completo; eran mis libros y los podía leer cuando quisiera.

Porque ya podría convertirme en el tipo más repugnante del mundo: sé que igualmente nunca me abandonaría.
Y porque me dio la vida, y decidió dedicar la suya siempre en mi favor,
ahora no es momento de marcharme…

El deportista suplementario

   Comenzaré este texto afirmando lo siguiente: el deportista que toma suplementos es un tramposo.
Sé que es un enunciado tan directo como controvertido, y también sé que serán más los que difieran que los que estén de acuerdo. Pero sepan ustedes que, aunque mi intención no es otra que la de expresar mi opinión (notarán también, seguramente, cierta repulsa), lo afirmo y lo afirmaré siempre con la misma contundencia.

   Hay mucho deportista suplementario por ahí. Son personas que hacen algún tipo de actividad física y gustan de optimizar su rendimiento mediante la ingesta de determinados productos. Afirman que toman estos suplementos para ayudar al cuerpo a un desarrollo más óptimo, evitar el desgaste del cuerpo y lograr una mejor recuperación muscular. Alegan que el cuerpo se va quemando y hay que ayudarlo a mantenerse, ya sea con proteínas, vitaminas u otras sustancias que logren optimizar el uso que de la energía hace.

   Por mucho que digan, por mucho que aleguen o intenten esquivar las críticas que algunos nos empeñamos en lanzar, mi opinión personal es que más que estar tomando suplementos —evidente eufemismo de lo que en verdad es—, están haciendo trampas. O, si quieren, las dos cosas. Y si finalmente admitimos que ambos hechos hacen referencia a lo mismo —tomar suplementos y hacer trampas—, podríamos inferir que un deportista suplementario es un deportista tramposo.

   A decir verdad, es posible que el hecho de llamar deportista a algunas de estas personas pueda ser, a tenor del concepto de cada cual, erróneo. Y es que yo creo que la definición de la palabra deportista difiere enormemente de una persona a otra, dependiendo del deporte que ésta practique, lo que el mismo signifique para ella o la filosofía de vida que la persona lleve. Para mí, por ejemplo, el deportista auténtico es aquél que se esfuerza, que consigue sus metas con el sudor de su frente, que persevera con disciplina, que se respeta a sí mismo y al adversario (si lo hay) y que, por encima de todo, cree en la igualdad de condiciones; para mí el deportista es alguien que sigue las reglas, gusta del fair-play y, de manera casi indispensable, disfruta del juego en sí mismo. Bajo este punto de vista, el deportista suplementario es un tanto más superficial que todo eso. Son personas que aparentan haber conseguido cosas que en realidad han conseguido a través de caminos más cortos y a todas luces mucho menos trabajosos. O sea, haciendo trampas. Para ellos, el objetivo —sea cual éste fuere, ya sea la 'operación verano' o conseguir batir una marca— es lo primero y más importante (¡más incluso que el propio juego!), y el camino a seguir para alcanzarlo es secundario. El camino no importa porque, al final, el resultado último es lo que para ellos tiene verdadera relevancia.

   Y por eso yo afirmo que llamar deportista a algunos es muy cuestionable. Aceptaría con gusto llamarlos deportistas tramposos, pero como eso suena demasiado ofensivo sería más dado a usar el ya mencionado término de deportista suplementario. Y ateniéndome a tal adjetivo, diría que el deportista suplementario es aquél que suple al que de verdad se merece ser llamado así: al que no suda creatina ni proteína de whey ni se recupera milagrosamente en un santiamén. El deportista auténtico disfruta del duro camino que ha de recorrer, sin atajos, y gusta del deporte/actividad/juego en sí mismo, haciendo alarde de una gran motivación intrínseca, en contraposición a otras recompensas externas que pudieran obtener; es, en definitiva, cien por cien natural.

   A pesar de todo, en una sociedad de éxitos y objetivos, en la que lo que cuenta es el resultado y no los medios usados para obtenerlo, supongo que es lógico que los deportistas suplementarios proliferen cada vez más y se convierta en lo normal. Sea este fenómeno bueno o malo, sano o perjudicial, moral o no (se me viene a la cabeza si, de haber podido, los griegos en sus gimnasios hubieran dado suplementos a sus atletas...), en fin, sea como sea, esta ha sido mi opinión.



El shock

   Me dijo que todo ocurrió de repente. Vio el relámpago y acto seguido el rayo ya estaba cayendo sobre él. Lo único que le dio tiempo a pensar es que le pilló desnudo, sin tregua… me dijo que ni siquiera le dio tiempo a meditar respuesta alguna. Entonces, cegado por el resplandor, sintió el choque en su pecho: por sus heridas puedo decir que el pobre cayó redondo al suelo. De todas formas, te diré que aquel chico estaba loco… ¡sabía que había tormenta y sin embargo se aventuró a salir! Fue una suerte para él que estuviera pasando por allí. Me dijo que no me preocupara, que tenía la cura en su propio bolsillo, pero necesitaba mi ayuda porque no tenía fuerzas para alcanzarla. Aunque todo aquello me parecía un poco raro, accedí. Se trataba de una simple cápsula, vulgar, sin nada especial. Decía que la había creado él mismo para esos casos, aunque tenía que mejorarla porque su efecto tardaba aún demasiado tiempo en hacerse notar. Me aseguró, de hecho, que con cada shock que sufría  lograba añadir efectividad a su remedio. Por fin se tomó la pastilla y poco a poco fue recuperando el tono. Al rato, después de contarme su experiencia, se despidió muy agradecido y ya no he tenido más noticias suyas. Lo único que conservo de él son un par de esas pastillas misteriosas, que me regaló antes de irse. «No abuses de ellas», me dijo, «pero si un día notas que tu corazón se rompe, tómate una. Te vendrá bien...».

Pensar mucho (y actuar poco)

   Pensar es de sabios. Pensando hacemos un uso excepcional de la inteligencia que nos ha sido otorgada. Pensar, dijo Descartes, es la demostración más evidente de que existimos. De nuestra magnífica naturaleza racional. 

   El ser humano piensa y evoluciona, piensa y soluciona sus problemas, pero también es capaz de perder mucho tiempo pensando. Unos más que otros. Para mi desgracia, creo que me encuentro entre los que usualmente piensan de más… ¡cuánto tiempo pierde uno a veces pensando demasiado las cosas! Y es que el abuso del pensamiento puede llevar a una ofuscación estúpida, en la que los afectados ya no sabemos qué dirección toman las ideas que se tienen. Y al final, por muy brillantes que sean estas ideas, se pierden entre las turbulencias, y uno acaba por actuar más bien poco o a destiempo...

Ensayo (pseudocientífico y locuaz) sobre la charlatanería

   Todos somos charlatanes en algún momento de nuestra vida. Todos. Yo, ahora mismo, probablemente estoy actuando como tal al escribir este texto. Pero sin querer convertirme en otro charlatán más al decir estas palabras, diría que al menos aspiro a no serlo o que lo soy mucho menos que un buen puñado de personas. Charlatán o no, con más razón o con menos, les muestro un pequeño ensayo sobre la charlatanería:

   Los Charlies —así es como un amigo y yo solemos llamarlos— son personas que hablan mucho, saben de todo y creen no equivocarse nunca. Tanto es así que, si se diera el poco probable caso de que eso ocurriera y ellos mismos lo reconocieran (dos condiciones que muy difícilmente se presentarán juntas, en especial la segunda), no tardarían más de medio segundo en inventarse una excusa para dar fundamento a su error. Dirían que ellos se referían a otra cosa, que otros habían expresado mal sus cuestiones o que en el contexto que ellos consideraron tendrían razón: la capacidad de tergiversación del Charlie es ilimitada. 

   Y es que el Charlie comienza su andadura de Charlie ya desde muy tierna edad. Desde muy niño —antes incluso de ser capaz de construir sus primeras frases— se da cuenta de que tiene algo que otros no tienen: la capacidad de esquivar argumentos, de escabullirse con maestría por entre la maleza del lenguaje y la comunicación. Así, empieza muy pronto a poner en práctica las capacidades que genéticamente le fueron concedidas, y no tarda en darse cuenta de que con charlatanería uno puede decir ser o poder hacer casi cualquier cosa. 

   Los Charlies, al principio, saben muy bien que no todo lo que dicen es cierto; pero eso a ellos se las refanfinfla. Se acostumbran a dar consejos sin saber realmente de lo que hablan, se venden como nadie cuando les interesa caer bien a alguien o aprenden a ridiculizar a otros para vanagloriarse ante terceros o ante sí mismos (una característica común a todo Charlie es su exceso de autoestima). Sin embargo hay algunos que, llegados a cierto punto de su vida (el síndrome a veces se hace muy evidente en la adolescencia), comienzan a no saber diferenciar entre la realidad y su propia ficción. Es entonces cuando el Charlie se vuelve aún más charlatán, pues llega a un punto en el que la propia mentira que él mismo crea se la traga. Es el llamado ‘Charlie’s point of no return’, siendo el punto en el cual el Charlie alcanza el súmmum de su charlatanería. En estos casos —más frecuentes de lo que uno podría llegar a pensar— ya no hay vuelta atrás. Al Charlie ya no hay quien lo pare, y sus discursos llenos de garbo alcanzan cotas altísimas de vesania, aunque también de perfección. Tanto es así que, si el interlocutor del Charlie no tiene conocimiento de sus antecedentes charlatanes, y por muy fantástica que sea la historia contada, probablemente será víctima de una gran TROLA. Ambos dos, el Charlie y su interlocutor,  finalizarán la conversación con la total certeza de que los hechos relatados son verídicos. La víctima, ignorante de ella, se quedará ensimismada ante las falsas virtudes de tal figura. Por fortuna las estadísticas cuentan que, en los casos en los que el Charlie sobrepasa el ‘point of no return’, bien sea por contactos futuros bien por advertencias de terceros, la víctima acabaría dándose cuenta de la doble realidad: que la figura no es más que un Charlie y él un simple iluso.

   Por tanto no puedo finalizar estas palabras sin advertir debidamente al lector: tengan cuidado. El mundo está lleno de Charlies sin escrúpulos, muchos más de lo que usted imagina. Su astucia es sublime y sus palabras locuaces siempre guardan una falsa razón. Recuerde: hablarán más que actuarán, le aconsejarán sobre casi cualquier tema que ustedes les pregunten y muy raramente cederán durante una discusión controvertida.

   Así que si observa este comportamiento en una persona o si el susodicho, en vez de usar expresiones tales como “yo creo que”, se expresa con mayor contundencia —argumentando cómo son las cosas más que cómo cree él que son— como si tuviera total conocimiento de causa, no se fie ni un pelo: podría ser víctima de una de sus charlatanerías. Podría estar topándose con un auténtico Charlie.

Miedo humano

Miedo humano a  la vida en sí misma,
al futuro incierto, a un pasado tortuoso;
miedo a un inconformismo perpetuo
y siempre presente,
o a caminar ciego e ignorante, hacia el abismo.

Pudiera tener miedo a los bandidos y a las desgracias
o a un viaje de incierto destino.
No estaría seguro entre multitudes
de viandantes para los que no existo,
entre mercaderes vendiéndome objetos
que no necesito.

Podrían intimidarme los insultos más dañinos,
la mezquindad de unos y el egoísmo del resto;
pero también mis numerosos defectos y errores
o mis debilidades más viles y mundanas.

Mis miedos ratifican mi imperfección humana,
y humano es también el temor al desconcierto;
pero entonces no lo entiendo: ¿cómo es posible
que, contigo, sea más humano y no tenga miedo?

No.
El miedo no es tan grande —¡puede que hasta absurdo!—
junto a la persona adecuada. El miedo no es tan grande
en el calor sincero de tu abrazo.

El fantasma de la abulia

   Un fantasma enmascarado anda suelto. Recorre una y otra vez las calles del barrio, infiltrándose en las casas, inyectando apatía por doquier e importunando a sus habitantes para robar sus energías.

   – Arriba las manos: ¡esto es un atraco! –le dice a una de sus víctimas.

   El transeúnte, que estaba paseando tranquilo disfrutando de una tarde placentera, levanta asustado los brazos.

   – Pero, ¿por qué...?, ¿quién eres? –repone confuso.

   –¿Acaso no me ves? –contesta el fantasma–  Soy la nostalgia... ¡soy el miedo!. Soy la desidia que te invade en los momentos depresivos, y la melancolía en tus estados de añoranza. Mi sino es vagar atracando y paralizando a las personas débiles, aunque también disfruto atentando contra las personas excesivamente felices; es fácil dejar pasmados a esos idiotas, pues siempre se quedan pensando en los recuerdos bellos del pasado.

   –¿Y qué quieres de mí, tú, que vas enmascarado cual vulgar atracador de bancos? No tengo dinero ni joyas, no tengo nada que darte salvo mis esperanzas y mi vida propia.

   –¡Eso es, de hecho, lo que más me gusta! –exclama entre risas sardónicas–: robar vidas, paralizarlas en el tiempo para que no puedan seguir avanzando… –añade mientras se frota las manos en gesto de victoria. La víctima, sin embargo, se da la vuelta y se aleja con repentina tranquilidad. 

   –Pero, ¿adónde crees que vas? –el fantasma queda indignado al no dar crédito a tal reacción ¿no entiendes que esto es un atraco? ¡Arriba las manos he dicho! 

   El transeúnte se vuelve nuevamente hacia el fantasma, y se dirige a él ahora con total sosiego. 

   –Te recuerdo –asiente con la cabeza en un gesto de confirmación. Ahora sé quién se esconde tras esa máscara. No es la primera vez que me dejas pasmado, con los brazos en alto, mientras dejo que me robes las ilusiones del futuro. Sí... no hay duda, ¡eres el fantasma de la abulia!, que has vuelto a la ciudad para saciar tu sed. Pero he aprendido y han dejado de interesarme tus sermones y tu demagogia para evitar mi avance; ahora sé que tú no eres más que basura, y por eso me voy sin escucharte. Adiós.

   El fantasma, llevo de rabia, corre hacia el transeúnte e intenta retenerlo por la fuerza, pero su consistencia volátil hace que atraviese el cuerpo de su víctima, cayendo de bruces contra el suelo. El transeúnte, ahora de pie frente al maltrecho fantasma, deja escapar cierta sonrisa al observar la lastimosa situación en la que éste se encuentra.

   –Me temo que ahora eres tú el que no entiende, fantasma de la abulia. He dicho que he aprendido, y sé que no puedes obligarme a detenerme si no quiero. ¡Desiste! ¿Es que no puedes ver, como yo, la obviedad de la situación?

   –¿Qué obviedad…? ¿Qué… qué te resulta tan obvio, maldito? –pregunta encolerizado.

   –Pues que yo existo y padezco, y también razono, siento y aprendo. Y sin embargo tú… pues eso... –se encoje de hombros y, mientras se aleja definitivamente, añade–: tú no eres más que un fantasma...

Mirada última (a través de una ventanilla)

Mueve montañas, atraviesa océanos,
reta incluso al inexorable tiempo...

Y penetra el alma humana,
para fundirse sin permiso
en su crisol de emociones.

Se acomoda tras un halo de nostalgia
y sin verbos ni promesas, se queda
eterna en el recuerdo, recia y vaporosa.
Impasible ante los años; lenguaje mudo.
Vadea sin dificultad cualquier escudo.

Mirada de triste despedida; brillo en sus ojos.
Tiñe de esperanza mis cicatrices mal curadas

¿Puede esa mirada remover aún mis entrañas?

Carrera de ratas

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